Con todo, Los ejércitos de la noche de Norman Mailer, centrado en la Marcha pacifista sobre el Pentágono de 1967, me ha gustado mucho. No soy el único: el libro, que nació de un encargo por parte de una revista, ganó en su día el Premio Pulitzer y el National Book Award. Mailer estructuró la obra en dos partes. En la primera de ellas, en forma novelada, relata la experiencia del protagonista, el propio Norman Mailer, desde que es invitado a participar en los actos de protesta hasta que es puesto en libertad, tras haber provocado su propia detención. Mailer cuenta la participación en los hechos de otros intelectuales de primer orden, como el poeta Robert Lowell o el lingüista Noam Chomsky, y lo hace sin huir de la autocrítica; así, por ejemplo, confiesa en reiteradas ocasiones que una de sus preocupaciones ante su inminente detención era si sería liberado a tiempo de poder regresar a Nueva York y asistir a una fiesta. En la segunda parte Mailer adopta el tono del historiador-cronista para explicar la génesis de la Marcha, su desarrollo, la represión contra los manifestantes y las consecuencias políticas y sociales de la misma (aunque con las limitaciones propias de la inmediatez temporal con la que escribió el libro). Me ha parecido de especial interés las explicaciones sobre la división de la izquierda y las dificultades para convocar una protesta que pudiese aglutinar a los diferentes sectores opuestos a la guerra de Vietnam, desde los pacifistas hasta los partidarios de los disturbios y la desobediencia civil.
Al tiempo de participar en la marcha, Mailer ya era un reputado opositor a la política estadounidense en el sudeste asiático. Poco antes había escrito la novela ¿Por qué estamos en Vietnam?, que había sido vapuleada por la mayor parte de los críticos; aunque fue uno de los mejores periodistas de Estados Unidos, eran constantes sus quejas contra el papel sumiso que los medios de comunicación mantenían respecto al gobierno de Lyndon B. Johnson (LBJ, no confundir con LeBron James). Para Mailer la guerra de Vietnam no era sólo una aberración moral, sinó también un error geoestratégico que podía provocar el efecto que se pretendía evitar: la expansión del comunismo por el sudeste asiático. Mailer veía en Vietnam un paso más del totalitarismo en EE.UU.
En este contexto, la Marcha sobre el Pentágono se presentaba como un importante desafío al gobierno de LBJ, especialmente tras los recientes disturbios raciales en distintas ciudades estadounidenses. El plan de los organizadores era devolver (o quemar) las cartillas de reclutamiento de los asistentes y penetrar en el edificio del Pentágono para tratar de paralizar la actividad en su interior; obviamente, ambas cosas estaban penadas por la ley. Pese al rechazo de los medios de comunicación y el fuerte dispositivo de seguridad organizado por el gobierno (que incluía policías, marshals, reservistas de la Guardia Nacional e incluso paracaidistas veteranos de Vietnam), los asistentes tenían sus propios medios: flores, pistolas de agua y un gas especial que, al rociarse sobre los policías, infundiría en estos fuertes dosis de amor, les obligaría a desnudarse y a hacer el amo. Algunos hippies, incluso, habían planeado el exorcismo del Pentágono: tras rodearlo con una cadena humana, el rito exorcista haría que el Pentágono se elevase varias decenas de metros, empezase a dar vueltas y, con ello, se desprendiese de sus mala vibraciones, con lo que se pondría fin a la guerra… Pese a todas estas excentricidades, lo cierto es que los manifestantes son dignos de admiración. Hoy en día, tras casi cuatro décadas, la guerra de Vietnam es mayoritariamente denostada incluso en los propios Estados Unidos, pero no era así en 1967. Pese al gobierno, los medios de comunicación y la opinión pública, una masa heterogénea formada por cuáqueros, pacifistas, defensores de los derechos civiles, comunistas, hippies, activistas negros… se manifestó en contra de la guerra en la que participaba su propio país; en muchos casos se trataba de brillantes estudiantes universitarios, que no dudaron en comprometer su propio futuro. Mailer, en uno de los mejores momentos del libro, compara a estos ejércitos de la noche con los ejércitos que, un centenar de años antes, luchaban por la Unión contra el sur esclavista.
Para acabar, dos apuntes. Uno de los testigos de excepción de la concentración ante el Pentágono fue el por entonces Secretario de Defensa de EE.UU., el recientemente fallecido Robert S. McNamara. De hecho, Mailer cuenta que durante uno de los momentos de máxima represión contra los manifestantes, los paracaidistas cesaron en su actividad al correr el rumor de que McNamara había llegado al Pentágono. Pues bien, aprovecho esta coincidencia para recomendar fervorosamente el documental The fog of war (se puede ver aquí), dirigido por Errol Morris, una larga entrevista en la que McNamara hace un repaso exhaustivo a su vida política y personal, jalonada de conflictos bélicos.
Y por otra parte, quería enviar desde aquí saludos afectuosos a Jorge Herralde y a la editorial Anagrama. Gracias a ellos he podido hacerme con varias obras de Mailer y con la autobiografía de Nabokov, con la que ahora estoy. Más difícil va a ser, sin embargo, que estos libros aguanten enteros un par de años. Aunque soy extremadamente cuidadoso con los libros (casi diría, siguiendo con Nabokov, que los trato con la diligencia que el buen entomólogo aplica a sus mariposas), Los ejércitos de la noche ya se me ha deshecho casi por completo. Peor todavía es el caso de Oswald. Un misterio americano, que ni siquiera he empezado a leer pero cuya tapa se separó casi por completo del fajo de páginas; un poco de superglue evitó la catástrofe… por ahora. Está muy bien editar libros como estos, pero mejor estaría si no se cayesen a pedazos.



