domingo, mayo 11, 2008
CUATRO MESES, TRES SEMANAS, DOS DÍAS
No es lo que he tardado en ver la película, pero casi. Con menos retraso del que es propio en mí, acabo de ver Cuatro meses, tres semanas, dos días, del director rumano Cristian Mungiu. Una película durísima, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2007 (ya iba siendo hora de que en Cannes se premiase algo más que los fuegos de artificio pseudointelectuales: ahí queda eso). Si de simplificar las cosas se trata, digamos que es una película sobre el aborto; no contra o a favor del aborto: la película trata el aborto como problema social y humano desde una perspectiva poliédrica, sin prejuicios ni esquematismos ideológicos. Baste señalar que en Francia hubo quien intentó censurar el pase de la película en los colegios por considerarla pro-abortista, mientras que también los hay que han visto en ella una crítica cristiana al aborto.
Aunque la película tiene como eje el aborto ilegal al que se quiere someter Gabriela Dragut, una universitaria que se ha quedado embarazada sin quererlo, el eje de toda la película es su amiga Otilia, magníficamente interpretada por Anamaria Marinca, que no sólo se encarga de prepararlo todo (reservar el hotel, contactar con quien ha de practicar el aborto, recaudar el dinero necesario), sino que además tiene que asistir a la cena de cumpleaños de la madre de su novio y conocer a su familia y amigos. Es precisamente en esta cena cuando la película va más allá del argumento central del aborto y se adentra en estas cuestiones tangenciales: no sólo el desprecio clasista respecto de los orígenes humildes de la familia de Otilia, sino la complacencia hacia una generación que "a la que se le ha dado todo hecho, que lo tiene más fácil de lo que nunca nadie lo ha tenido", hirientes afirmaciones a oídos de quien sabe que Otilia, un par de horas antes, ha tenido que prostituirse para que su amiga Gabriela pueda tener en esos momentos un sonda en el útero.
Como digo, la película no toma partido, no al menos decididamente. Por un lado, vemos la total irresponsabilidad de Gabriela, no ya por haberse quedado embarazada, sino por la volatilidad de su personalidad, incapaz de afrontar los compromisos adquiridos. Asimismo, Mungiu mantiene firmemente la cámara en la escena sin duda más moral de la película: el feto abortado, reposando sobre una toalla en el suelo del lavabo, en el que es difícil no adivinar la silueta del que habría sido en el futuro un bebé. La propia Gabriela le dice a su amiga: "prométeme que lo vas a enterrar". Pero por otro lado, Mungiu no esconde la problemática social en la que se ven envueltas las dos amigas: bajo la amenaza penal, a merced de un infame facultativo y ante el peligro de la propia muerte.
Cuatro meses, tres semanas, dos días retrata el aborto, sobre todo, como una devastadora experiencia personal, no sólo para quien aborta, sino para quienes les rodean. Otilia no sólo se ha prostituido, sino que ha perdido a su novio e, inevitablemente, a su amiga. En la escena final, Gabriela quiere retomar el tema, pero ella la ataja: "no volvamos a hablar de ello". Visto desde fuera, dos amigas sentadas a una mesa mirando el menú del restaurante; desde dentro, dos personas ligadas por un hecho que las va a separar para siempre.
Últimamente parece estar reavivándose el debate sobre la tipificación penal del aborto en España. Como es sabido, el Código penal castiga el aborto provocado, ya se cause con o sin el consentimiento de la madre, salvo en los casos previstos en el artículo 417.bis del Código penal de 1973: o bien cuando hay riesgo de deformidad o enfermedad grave para el feto, o bien cuando el embarazo es consecuencia de una violación, o bien cuando el aborto es el único remedio para evitar un grave peligro para la vida o integridad de la madre (auténtico cajón de sastre gracias a la ligereza con la que algunos psicólogos, a cambio de llevarse los euros, firman cualquier certificado que se les ponga encima de su mesa). En contra de esta regulación están tanto quienes consideran que el aborto es un asesinato (no estaría de más recordarles que inlcuso el Código penal de 1944 castigaba el aborto como delito autónomo, no como asesinato, y por supuesto con una pena menor), como quienes sostienen que el aborto es un derecho de la mujer, libre para disponer de su propio cuerpo (las hay que llegan a considerar al feto como un apéndice del vientre femenino: sobran las palabras).
A la vista de todos los factores en presencia (jurídicos, políticos, sociales y filosóficos), creo que lo más adecuado sería el sistema de plazos: señalar un período de tiempo durante el cual el aborto sea totalmente libre, que por lo general se suele fijar en las doce primeras semanas de la gestación. Para mí esta es la opción menos mala de todas, teniendo en cuenta que soy de los que creen que, si bien evitaría por todos los medios abortar, no puedo imponerles a los demás que hagan lo mismo. Sobre todo, dirán algunas, teniendo en cuenta que (por ahora) los hombres no podemos quedarnos embarazados, claro.
sábado, mayo 10, 2008
31 (Y CONTANDO)
"Han pasado seis jornadas y el Madrid, quiérase o no, no chuta, no deslumbra, no maravilla, no encandila, no enamora, no seduce, no camela como a priori se presumía tras el 0-5 ante el Villarreal. Empezó la temporada dando la impresión de que se iba a comer la Liga a dos carrillos, que se iba a atragantar sumando puntos de tres en tres y, además, ofreciendo espectáculo partido tras partido, pero al final se ha visto que su juego ha quedado a la altura del betún, sobre todo si lo comparamos con el fútbol- maravilla que está practicando el Barça de Rijkaard desde hace varias jornadas.El equipo blanco, quiérase a o no, es líder y no precisamente por méritos propios, sino porque está bendecido por la fortuna. Es una castaña de equipo, un tostón que aburre a las ovejas, que no sabe a qué juega."
Etiquetas: Deporte
viernes, mayo 02, 2008
EL MITO DEL VOTO EN BLANCO
Todos hemos oído hablar alguna vez del affaire entre José María Aznar y Cayetana Guillén Cuervo. Quien más, quien menos ha recibido un correo electrónico alertándole de peligros acechantes: drogadictos que tiran sus jeringuillas en los asientos del cine, caritativos terroristas que avisan a alguien de un atentado inminente, bandas que circulan con las luces del coche apagadas, a la espera de que algún inocente les avise y entonces, ¡zas!, matarlo. Por no hablar de aquellos e-mails que nos informan de que Bill Gates está dispuesto a repartir su fortuna con nosotros si reenviamos el mensaje a otras personas. También los hay que afirman haber visto a la niña de la mermelada en acción... A pesar de su difusión, creo que son pocas las personas que caen en la trampa; me inclino a pensar que el reenvío obedece más al "por si acaso".
Sin embargo, junto a estas mentiras fácilmente reconocibles, existen otras no menos falsas que gozan no sólo de la credulidad general, sino también de cierto prestigio científico: si metes un trozo de carne en un vaso de Coca-Cola, se disuelve; es bueno beber dos litros de agua al día (y si es Fontvella, ¡mucho mejor!); Esperanza Aguirre confundió a José Saramago con Sara Mago; las personas sólo utilizamos el 10 % de nuestro cerebro; o la Muralla China es la única construcción humana que se puede ver desde el espacio. Aunque ahora mismo estés diciendo "cállate Buxter, ¡si eso es verdad!"... lo siento, pero no. Yo también lo creí en su momento.
Esta última categoría de mentiras aceptadas es la que me interesa para escribir sobre el tema de hoy, ya que el mundo del Derecho no es ajeno a ellas: frases prefabricadas que algunas personas pronuncian como si fuesen dogmas. Mi oído ha sido habitualmente torturado con frases del tipo "el matrimonio religioso no sirve de nada, el único legal es el civil" o "las mujeres no pueden reinar en España" (la cual, acompañada de la coletilla "porque lo impide la Ley Sálica", sólo puede querer decir dos cosas: o bien estamos ante un carlista que niega validez a la Pragmática Sanción, o bien estamos ante alguien que no ha oído hablar de las guerras carlistas). Con todo, mi frase favorita es "el voto en blanco se suma a quien gana las elecciones". Como diría Ferran Monegal: ah, maravilloso.
Esta falsedad, constantemente repetida cuando se acercan unas elecciones, carece de base alguna. La LOREG apenas presta atención al voto en blanco, y cuando lo hace es, simplemente, para definirlo y declarar su validez. En consecuencia, el voto en blanco se suma... a los restantes votos en blanco. Supongo que el error radica en confundir a quién beneficia el voto en blanco (a los partidos mayoritarios, ya que necesitan menos votos para obtener un escaño), con a quién se suma el voto en blanco (a nadie). También es posible que influya el Derecho comparado y (no podía faltar) la pseudoinformación tertuliana, siempre dispuesta a enredarlo todo.
Hace poco, una amiga a la que, por fin, he logrado convencer de que el voto en blanco no se suma a quien gana, me dijo que había discutido al respecto con gente de su trabajo. Ella echó mano del argumento de autoridad: "un amigo que estudia para juez me lo ha dicho". Una de sus compañeras, con una sonrisa complaciente, le contestó: "pues me parece que ese tema no se lo sabe muy bien -y añadió, triunfal, el argumento decisivo, irrebatible-: si lo dijeron el otro día en la tele..."
Etiquetas: Derecho
domingo, abril 27, 2008
ENCANTADO DE HABERTE CONOCIDO, FRANK BASCOMBE
Nunca está de más reencontrarse con un viejo amigo. Especialmente si se trata de uno de esos amigos con los que uno ha pasado muy buenos momentos. No es sólo la alegría del momento, el recuerdo de lo que fue, sino también la curiosidad por saber cómo han pasado por él los años, cómo ha sorteado los trasiegos de eso que llamamos vida.
Pues bien, Sant Jordi me ha deparado una grata sorpresa: casi doce años después, Frank Bascombe ha vuelto a las librerías españolas. Tras "El periodista deportivo" y "El día de la independencia", Anagrama acaba de publicar "Acción de Gracias", con el que Richard Ford pone fin al ciclo literario sobre el cuarentón de New Jersey. Aunque las entregas anteriores siempre dejaban, al final, una vaga promesa de esperanza y felicidad (algo así como sucede con las películas de Woody Allen), en ellas Bascombe sudaba la gota gorda: fracasó como escritor, pasando de ser periodista deportivo a vendedor de inmuebles; uno de sus hijos murió; su primer matrimonio acabó en divorcio; algún que otro amigo se suicidó; su hijo vivo dio unos peligrosos primeros pasos como ladrón de preservativos. Así pues, siendo un tipo con poca suerte, no me ha extrañado que, esta vez, a Bascombe le haya abandonado su nueva mujer y le hayan diagnosticado un cáncer de próstata.
Aunque me he prometido no adentrarme en sus más de setecientas páginas hasta que acabe de leer "Banderas de nuestros padres" (últimamente estoy muy guerrero, lo sé; pero, una vez saque las botas de las negras arenas de Iwo Jima va a pasar bastante tiempo hasta que vuelva a entrar en combate), no he podido resistir leer el prólogo. Es puro Richard Ford: frases largas, pausadas, hipnóticas. Tenemos a Frank Bascombe leyendo el periódico local: un tal Don-Houston Clevinger ha matado a su profesora de medicina, que estaba vigilando a los alumnos que hacían el examen sobre "Agonía y muerte: ética, estética y prolepsis", y después se ha suicidado. Antes de descerrajarle un tiro entre ojo y ojo, Clevinger le ha preguntado si estaba preparada para reunirse con su Hacedor, y ella le ha contestado "sí, creo que sí". Eso, y no otra cosa, es lo que ha preocupado al Bascombe enfermo de cáncer.
"Enfrentado a la pregunta del señor Clevinger y un poco apurado de tiempo, estoy seguro de que habría empezado a elaborar en silencio la lista de todas las cosas que aún no he hecho: follarme a una estrella de cine, adoptar a dos gemelos vietnamitas huérfanos y mandarlos a estudiar a Williams, hacer la ruta de los Apalaches, llevar ayuda a una nación africana asolada por la sequía y la ignorancia, aprender alemán, ser nombrado embajador de un país al que nadie quiere ir. Votar a los republicanos. Habría pensado si mi tarjeta de donante de órganos estaba firmada, si había actualizado la lista de portadores de mi féretro, si en mi necrológica se incluirían los últimos datos importantes; en otras palabras, si había transmitido mi mensaje como es debido. De manera que, con toda seguridad, lo que habría contestado al señor Clevinger mientras la brisa de otoño entraba revoloteando por las ventanas del luminoso edificio de Paloma Playa y las aspirantes a enfermeras contenían su dulce aliento a chicle en espera de mi respuesta, habría sido: "Pues no, mire usted. Me parece que no. Todavía no." Con lo cual me habría pegado un tiro de todos modos, pero seguramente no se habría suicidado."
Etiquetas: Literatura
domingo, abril 20, 2008
PLA
"- Piensa que, en este país, lo que más se parece a un hombre de izquierdas es un hombre de derechas. Son iguales, intercambiables, han mamado la misma leche. Pero, ¿cómo podría ser de otro modo? No lo dudes: esta división es inservible.
- Pero, ¿es que hay alguna otra división?
- Creo que sí. A mi entender hay una división mucho más profunda y exacta que ésa. La que se establece entre personas inteligentes y puros idiotas, entre buenas personas y malnacidos..."
Josep Pla, El quadern gris
Etiquetas: Literatura, Noticias y política
BLÜCHER
Como ya avisé, el campo de batalla de Waterloo estaba esperándome. La batalla. Historia de Waterloo es un magnífico libro escrito por el profesor universitario italiano Alessandro Barbero. Alejado de los ensoñamientos románticos de la literatura sobre Waterloo, Barbero pone el microscopia a lo largo y ancho del campo de batalla: lo mismo estamos con Napoleón en la hostería Belle Alliance la víspera del combate, que con los soldados de uno y otro bando que duermen al raso enfangados bajo la lluvia torrencial; ahora somos los ingleses y holandeses que defienden el castillo de Hougomont, y sin darnos cuenta estamos montados en un caballo, protagonizando uno de las infructuosas cargas de caballería del impetuoso mariscal Ney; observamos de primera mano la bondad del soldado que perdona la vida al enemigo que ha demostrado ser valeroso, pero también al que remata al moribundo para rapiñarle unas monedas de oro. El resultado es una impresionante puesta en escena de la batalla con la que concluyeron las guerras napoleónicas.
Aunque normalmente Waterloo se reduce al enfrentamiento entre Napoleón Bonaparte y Arthur Wellesley, el Duque de Wellington (Velintón, para los coplistas españoles de la época), el personaje que más me ha impresionado, por su profunda humanidad, es el del comandante en jefe del ejército prusiano: Blücher. Destila humanidad, no en el sentido de virtuosismo o bondad, sino en el estricto de la palabra: es profundamente hombre. Alguien dijo que, si bien quienes hacen las guerras invocan las grandes palabras (Patria, Religión, Raza, Libertad, Revolución), a la hora de la verdad, cada soldado lucha por el compañero que tiene al lado. Del mismo modo, por muchas que fuesen las mayúsculas que justificasen la guerra contra Francia, a Blücher sólo (o, al menos, principalmente) le movía una: su odio visceral a Napoleón.
Blücher no había olvidado la humillación de la derrota de Jena, y mucho menos su cautiverio a manos francesas, recibiendo un trato vejatorio. Tenía la misma obsesión que el capitán Ahab: matar a Napoleón, su particular Moby Dick. Y no habría nada ni nadie que pudiese interponerse entre ambos.
Días antes de Waterloo, los prusianos son derrotados por los francese en Ligny. Ante la nueva alianza europea contra sus tropas, Napoleón es consciente de que tendrá que batirse contra los ejércitos aliados de uno en uno, o de lo contrario la superioridad del enemigo acabará con toda posibilidad de victoria. Por eso invade sorpresivamente Bélgica, consiguiendo su famosa posición central: para derrotar a prusianos e ingleses, en espera de que lleguen los demás ejércitos aliados. Tras Ligny, le toca el turno a los ingleses; Napoleón se despreocupa de los prusianos, al creer que van a resguardarse en Lieja y Namur, por lo que se limita a enviar tras ellos a Grouchy, con el mandato expreso de evitar que puedan acercarse a Waterloo.
Precisamente ese era el plan del conde Gneisenau, quien había asumido el mando del ejército germano ante la ausencia de Blücher, herido en Ligny tras la muerte de su caballo, y que todavía no había dado señales de vida. De ser así, el duque de Wellington tendría que hacer frente a los franceses por sí solo. A punto de expedir el mensaje a los ingleses, negando la ayuda reclamada, Blücher entra en escena: de ninguna de las maneras incumplirá la palabra dada. Por muy mermado que esté su ejército, acudirá a la llamada de sus aliados.
El resto de la historia es conocida. Mientras Grouchy deambula en busca de un ejército que ya no está, los prusianos entran de lleno en la batalla de Waterloo, acometiento infructuosamente en Plancenoit (pero provocando que Napoleón distrajera un importante número de soldados a esa zona) y participando en un hecho histórico: la retirada de la vieja Guardia napoleónica. Engañados por sus oficiales, cuando los franceses descubren que los soldados que han llegado a Waterloo no son los de Grouchy, sino los de Blücher, cunde el pánico y se provoca la estampida. Durante la retirada de los días posteriores, los prusianos hacen su agosto: tanto en lo material, a través del saqueo de cadáveres, como en lo relativo a sus ansias de venganza.
Blücher está eufórico, y cuando se reúne con Wellington, le abraza y da dos besos; el inglés no está acostumbrado a tanta efusividad. Ya en la calma de la noche, cuando quienes han participado en la batalla escriben cartas a casa, no puede dejar de pensar en que ha conseguido su más anhelado deseo: "Junto con mi amigo Wellington, hemos puesto fin al ballet de Napoleón. Acaban de traerme las enseñas de las diferentes condecoraciones con las que había sido distinguido: las encontraron en una caja en su carroza. Dos caballos han muerto mientras los montaba. Pronto todo habrá acabado para Bonaparte." Y así va a ser, aunque no exactamente como él habría querido: Napoleón no va a morir en la horca, sino años después en Santa Helena. Quizá a Blücher, que murió un par de años después de Waterloo, le hubiese gustado saber que Napoleón, en su exilio, escribió que, de no ser por su intervención en la batalla, "no sé dónde estaría ahora Wellington, pero lo que es seguro es que yo no estaría aquí".
Al final del libro, Barbero dice que, por muy sugestiva que sea la "contrahistoria" (siempre que, añadiría yo, no sea tan chusca y cutre como la de "¡Viva la República!"), lo cierto es que aun si Francia hubiese ganado en Waterloo, el poder británico habría acabado imponiéndose y el mundo, en lo esencial, sería tal y como hoy es. Puede ser. Lo que me parece innegable, con todo, es que, por mucho que algunos historiadores se centren exclusivamente en las estructuras económicas y sociales, despreciando las "batallitas" y la "Historia de historias", a veces, el instinto más primario de una sola persona puede decidir el rumbo de los acontecimientos.
domingo, abril 13, 2008
POLÍTICA MATINAL
Los catalanes ya nos contentamos solamente con abrir el grifo y que salga agua. Por eso, cuando el viernes, después de desayunar, subí a la terraza a recoger la ropa tendida, me asombré al ver los restos de la batalla nocturna: pequeños charcos de agua esparcidos desordenadamente por el suelo. Al fin Dios nos ha perdonado que se aprobase la reforma del Estatuto... Poco después, en el comedor, oí a algún vecino exclamar: "¡está lloviendo!" Lo dijo como si su equipo hubiese marcado un gol, e igual que cuando uno oye el tumulto futbolero de los vecinos cambia rápido al canal en el que dan el futbol, yo me asomé a la ventana y comprobé que, efectivamente, caía agua del cielo. Ahora, hasta los más veraniegos coinciden en que el "buen tiempo" es que llueva.
Claro que una cosa es utilizar las mismas palabras para referirse a cosas distintas, y otra utilizar palabras distintas para referirse a la misma cosa; en este último caso, la mayoría de veces se intenta ocultar algo. Y, como la policía no es tonta, pocos han sido los que han leído en el periódico eso de la "captación temporal de agua del Segre" y no han sospechado si, realmente, de lo que les estaban hablando no era, más bien, de un trasvase de un afluente del Ebro. Al conseller Baltasar le acompañará siempre este eufemismo, igual que a Rajoy no habrá quien le quite de encima los hilillos del Prestige. ¿Quién dijo que conocer la historia sirve para no caer en los mismos errores?
Del debate sobre el Plan Hidrológico Nacional entendí más bien poco, porque no tengo ni idea ni de desaladoras, ni del microclima del delta de los ríos, ni de lo que supone técnicamente un trasvase; lo único que sé con certeza es que, cada verano que voy a Tortosa, el caudal del Ebro ha menguado considerablemente. La peor herencia del PHN ha sido la de la dialéctica política: lo que entonces fue enfrentamiento entre comunidades, ahora es enfrentamiento dentro de la comunidad, y pocos parecen querer llegar a un acuerdo que evite el fantasma de las restricciones de agua en Barcelona.
Al dejar de llover, bajé a tirar la basura y recoger el correo. En el buzón, una sorpresa: la revista A prop (Cerca), editada por el Ayuntamiento de Pineda de Mar. Uno de los reportajes principales estaba dedicado al análisis de las elecciones generales, donde el 49% de los votantes del pueblo lo hicieron a favor del PSC. El Ayuntamiento está eufórico, y su alcalde, Xavier Amor, más todavía; en un breve artículo escrito en nombre del grupo socialista, se les va la mano: "No lo dudéis: Xavier Amor ha hecho saber al gobierno de Zapatero (y lo hará saber tantas veces como sea necesario) cuáles son las necesidades de nuestro municipio; y, con el apoyo de los diputados del PSC, ya están trabajando en ello". Hacía tiempo que no leía una fantasmada de este calibre. ¡Tiembla, Zapatero! ¡Cede ante Xavier Amor, o atente a las consecuencias! Cuando se me pasó el ataque de risa me puse a estudiar; después de todo, Ayuntamiento y Código Penal es una buena asociación de ideas.
Tras pasar un buen rato con el delito continuado (del que tanto me podría ilustrar Antonio Camacho) y hacerme un plato de arroz a la cubana, enciendo la televisión. Dan las últimas noticias sobre las elecciones legislativas en Italia: según pronostican todas las encuestas, Silvio Berlusconi va a ganar nuevamente. Durante la campaña ha afirmado que las mujeres de derechas son más atractivas que las de izquierdas, y lo cierto es que le acompaña una buena moza que no para de sonreír; según el periodista, la chica se llama Alessandra de nombre, y Mussolini de apellido, y según Berlusconi "es una gran mujer".
Cambio de canal: basta ya de política por hoy.
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domingo, marzo 30, 2008
POR FIN, COÑO
Sé que no escribo como Camilo José Cela, y que no me han dado el Nobel, pero ¡ya era hora de que ganase algo! Atrás queda mi cuarto puesto en el concurso de poesía de la clase 4º A de EGB en 1994, que me valió un libro de Antoine Saint-Exupéry, y mi triunfal primer premio en el concurso literario (¡de todo el colegio!) de Sant Jordi unos años después, merced a un artículo en el que incluía frases de hondo calado metafísico como "durante la hora diaria que dedico a pensar, el otro día pensé..."

Y es que, como el propio Cela decía, "el que resiste, gana", y más de ciento cuarenta entradas después, este blog ha conseguido ganar un premio. En realidad, todo se debe a la gentileza de Juan Rodríguez Millán, que ha tenido a bien concederme el Premio Brillante; ya se lo he agradecido, pero lo vuelvo a hacer ahora. Esto demuestra que, aunque normalmente suelo vapulear a los medios de comunicación, no me guarda rencor...
Según las normas del premio, tengo que hacer entrega del mismo (como si se tratase de la antorcha olímpica, aunque sin reivindicaciones tibetanas de por medio) a otros siete blogs que sean dignos de él. Una vez descartados candidatos que ciertamente lo merecerían, como el propio Juan (la estética impide dar un premio a quien te lo ha dado), Petrarca (que ya ha ganado uno) y un chaval que ha empezado ahora un blog deportivo que apunta maneras, el jurado ha decidido, previa deliberación secreta, que concede el premio a los siguientes blogueros:
el_situacionista (quien recogerá el premio de Juan Manuel de Prada en persona)
Yo que he tenido que leer algo al respecto, he llegado a la conclusión de que, en la teoría, no hay ninguna razón convincente y decisiva que nos obligue a obedecer al Derecho. Si esto es así para las leyes válidamente emanadas de las Cortes, tanto más lo es para las normas creadas por el fundador de un premio al que nadie pidió que lo fundara. Así que, aunque las siguientes reglas digan que sólo la última de ellas es opcional, todos sabemos que ninguna de ella es preceptiva.
* Al recibir el premio, se ha de escribir un post mostrando el premio y se ha de citar el nombre del blog o web que te lo regala y enlazarlo al post de ese blog o web que te nombra ganador.
* Elegir un mínimo de siete blogs (pueden ser más) que creas que brillan por su temática y/o su diseño. Escribir sus nombres y los enlaces a ellos. Avisarles de que han sido premiados con el premio "Brillante Weblog".
* Opcional. Exhibir el premio con orgullo en tu blog haciendo enlace al post que tú escribes sobre él.
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sábado, marzo 29, 2008
LA VOZ DE LA EXPERIENCIA
"En París conocí a un anciano ruso, muy rico, que acostumbraba a estar rodeado de jóvenes y encantadoras bailarinas. Cuando cierto día le preguntaron si sentía alguna ilusión sobre los sentimientos de estas mujeres para con él, pensó unos momentos la pregunta y dijo:
- Cuando mi cocinero consigue hacerme una buena tortilla, no pienso ni me preocupa lo más mínimo si me quiere o no."
"El anciano", en Siete cuentos góticos, de Karen Blixen
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jueves, marzo 27, 2008
UNA DE ESPÍAS
He dejado escrito varias veces que, antes de estudiar la carrera de Derecho, quise ser, sucesivamente, carpintero y periodista. Lo que no he escrito nunca, y he dicho pocas veces, es que una de mis aspiraciones, más en el mundo de la imaginación que en el real, sería ser espía. El rubor suele coartarme, porque sé perfectamente que decir esto lleva consigo unas buenas dosis de cachondeo por parte del personal: yo también lo haría.
Y es que así como a otros les pone ser consejero delegado de IBM, del BBVA o de AT&T, las siglas que a mí me ponen son las de la CIA, el KGB, el MI-5 o el CNI. ¡Qué le vamos a hacer! Eso sí, el espía que me gustaría ser no es el típico James Bond que tiene licencia para matar, que utiliza un cortauñas como lanzallamas y que luego se acuesta con la rubia (o con la morena), todo ello en nombre de la reina. Sin despreciar las ventajas de acostarse con la rubia (o con la morena), la figura que a mí realmente me atrae del mundo del espionaje es la de aquellos que reciben la información, la analizan y le dan un sentido, para luego elaborar un elenco de propuestas.
No obstante, y a pesar de que el CNI ya ofrece trabajo en internet, creo que por ahora me contentaré con el mundo del espionaje visto desde la barrera. Hace pocas semanas nos dieron una noticia deliciosa: Roy McShane, chófer personal de Gerry Adams durante un lustro, era también confidente del MI-5. Aparte de lo humillante en lo personal para Adams y su partido, el Sinn Fein, la noticia tiene su importancia ya que el tal McShane fue testigo de primera línea de las negociaciones que desembocaron en los acuerdos de Viernes Santo en 1998. Aunque el Sinn Fein ha dicho que McShane, al que apodaban "el rata" (curiosamente, el término que la mafia italoamericana utiliza para referirse a los chivatos; el caso más famoso es el de Salvatore Gravano), no tiene nada que temer, lo cierto es que ya ha desaparecido del Ulster auxiliado por los servicios secretos británicos. Quizá lo ha hecho teniendo en cuenta que el último topo desenmascarado por el Sinn Fein, Denis Donaldson, fue acribillado cuatro meses después en su casa. Denis Donaldson era uno de los máximos dirigentes del Sinn Fein; viendo su caso, uno se pregunta cuántos miembros del entorno abertzale son realmente unos traidores españolistas...
Sin embargo, una de mis historias de espías preferidas, poco conocida, carece del glamour que suele atribuirse a este mundo. Es la historia del chino Shi Pei Pu, intérprete de ópera del que se enamoró un diplomático francés... creyendo que era una mujer. Ante esta inestimable oportunidad, Shi Pei Pu se vio obligado por los servicios secretos chinos a mantener un idilio con Bernard Boursicot, el diplomático en cuestión. Sin embargo, en todo momento logró ocultar su condición masculina a éste, hasta el punto de que llegó a "tener" un hijo; no me pregunten cómo, pero los chinos lograron, sin cirugía transexual, que Boursicot matuviera relaciones sexuales con Shi Pei Pu y siguiera creyendo que era una mujer. Y mientras tanto, Shi Pei Pu pasaba documentación francesa a los servicios secretos chinos.
Aunque parezca sorprendente, cuando los servicios secretos franceses tuvieron conocimiento de los hechos, Boursicot negó la mayor... hasta que le mostraron que, efectivamente, su esposa era un hombre. Se puede comprender fácilmente que Boursicot intentase suicidarse, aunque no lo consiguió y al final tuvo que cumplir seis años de prisión por traición.
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