Hace poco,
Mr. Ripley hizo alusión en su blog a un libro llamado
Sólo para cinéfilos, escrito por Richard Kelly, en el que el autor propone, entre otras cosas, hacer una lista con las diez películas "comerciales" que más nos gustan... pero que nos da vergüenza reconocer. Yo le dije, muy en "serio", que era un buen tema para escribir una entrada, pero como no me ha hecho caso, recojo mi propio guante.
Y es que a uno le puede gustar mucho la fina ironía de Wilder, el suspense de Hitchcock, el existencialismo de Woody Allen, las contadas obras maestras de Ford Coppola y hasta los colores de Krzystof Kieslowski, pero siempre habrá alguna película malísima que, en nuestro fuero interno, ajeno a las miradas de los demás, confesaremos que nos gusta y nos divierte. Como dice uno de los personajes de
Volver: "no sé qué me pasa con la telebasura, que no puedo dejar de verla". Así, por muchos y clamorosos fallos de guión que tenga, por inverosímiles argumentos que plantee, por horrendas interpretaciones que tenga, siempre hay alguna película que logra rebasar el umbral de nuestro exigente criterio cinéfilo. Obviamente, no me estoy refiriendo a las típicas películas de sobremesa propias de Antena 3 (la degradación estética tiene un límite), sinó, sobre todo, a esas producciones que Hollywood fabrica como si fuesen hechas en un mismo molde, del que sólo variasen aspectos secundarios.
La primera de mis confesiones, como no podía ser menos, es
Demolition man, protagonizada por el inefable Sylvester Stallone y ambientada en un caótico futuro, en el que la ciudad de Los Ángeles puede caer víctima de las garras del temible Simon Phoenix (Wesley Snipes), un criminal recientemente des-criogenizado. Para hacer frente a Phoneix, la policía de Los Ángeles decide descongelar a su vez al hombre que lo capturó, John Spartan (Stallone), un policía eficiente pero de métodos cuestionables. El momento cumbre de la película es aquel en el que Spartan, desconcertado, pregunta a su compañera Huxley (Sandra Bullock) dónde está el papel higiénico, ya que no lo encuentra por ningún sitio; ésta le aclara que ya no existe, y que en su lugar hay que utilizar las tres conchas que tiene a su disposición en el lavabo. Imposible no preguntárnoslo: ¿cómo demonios se utilizarán las tres conchas? En otro momento profético de la película, Huxley le dice a Spartan que una biblioteca se llama Biblioteca Schwarzeneger porque el bueno de Arnold llegó a ser presidente de Estados Unidos. Hoy sabemos que no es presidente porque nació en Austria, que si no...
El segundo de mis pecados cinéfilos es (tápate los ojos,
Juan Rodríguez Millán)
Con air, estelarmente protagonizada por Nicholas Cage. Qué queréis que os diga, la película es absurda pero entretiene. Sin lugar a dudas, lo mejor es el papel de Steve Buscemi, como hierático psicópata asesino de niños que, sin embargo, logra ganarse un hueco en nuestro corazón. Primero, cuando hace notar la ironía de que los presos canten en pleno vuelo Sweet home Alabama, una canción de Lynyrd Skynyrd, grupo que falleció víctima de un accidente aéreo. O el momento en que el propio Buscemi canta
He's got the whole world in his hands, peculiarmente siniestra en la versión doblada al castellano. Vamos, que esta película es todo un clásico.
Menos traumática es la siguiente revelación, ya que tengo la excusa de poder decir que cuando me gustaba esta película era un niño. ¿Y qué le puede gustar más a un niño que poder viajar sin su familia a Nueva York? Por eso vi
Solo en casa 2 tropecientas veces, casi hasta rayar el videocasette en el que la grabé (por entonces eso no era piratería).
Macaulay Culkin tenía la suerte de poder utilizar las tarjetas de crédito de su familia sin levantar la mínima sospecha, y además encontraba alojamiento en cuanto lo necesitaba; sin contar, claro, con que acababa logrando que detuviesen a los ladrones que tanto le incordiaban. Lástima que, por lo que parece, no haya seguido siendo tan listo en su vida adulta...
En cuarto lugar, en lugar de referirme a una película en concreto, lo haré a un género: el de las comedias románticas de cartón piedra. Ya saben: un poco de ji-ji y ja-ja, un conflicto amoroso entre los protagonistas y un
happy end que nos deje a todos contentos. Ya lo dijo alguien: las comedias románticas acaban justo cuando empieza la tragedia, es decir, el matrimonio. No hay ninguna película de este tipo que me haya marcado especialmente (excluyo, obviamente, a las buenas comedias románticas, tipo
Cuando Harry encontró a Sally), y es que todas pecan de una previsibilidad y similitud alarmantes, hasta el punto de que uno acaba confundiéndolas entre sí. Hay algunas en que con leer el título sabes cómo va a acabar: en
La boda de mi mejor amiga, por supuesto, la mejor amiga y el mejor amigo acabarán casándose, mal que le pese al frustrado novio inicial. Otras requieren que veas los cinco primeros minutos; ese es el tiempo que uno tarda en saber que Julia Roberts y Richard Gere se casarán en
Novia a la fuga. El mayor atractivo de este género de películas es que son fáciles de ver, más o menos entretenidas, con una buena BSO y (hay que ser sinceros hasta el final) las protagonistas femeninas suelen estar tremendas.
He dejado conscientemente para el último lugar no a una película ni a un género; más bien, a un mito. Porque si alguien, durante mi infancia y parte de la adolescencia, fue un mito cinematográfico para mí, ese fue sin duda Leslie Nielsen, también conocido como "el hombre del pelo blanco". Leslie Nielsen personifica el humor absurdo, surrealista, sexual y gamberro de películas como
Aterriza como puedas,
Agárralo como puedas y demás creaciones de Jim Abrahams y los Zucker. Es cierto que llevaban en sí la semilla del mal, y que llevadas al extremo han dado lugar a las deleznables "comedias" actuales en las que el guión queda sustituido por un
collage de escenas que intentan parodiar sin pena ni gloria las películas de éxito del momento. Pero no culpemos de eso a Leslie Nielsen, que tantas risas me ha deparado. Una vez le vi en una serie de terror y no podía contener la risa, esperando a que en cualquier momento hiciese una de las suyas. Sirva este recordatorio también de homenaje a unos tiempos en los que lo políticamente correcto no había atenazado todavía la libertad creativa, y en la que los guionistas podían permitirse hacer diálogos que hoy provocarían, como mínimo, multitud de protestas...