miércoles, 4 de abril de 2012

Perturbadora "Shame"

Como he dicho otras veces y no volveré a explicar de nuevo, aunque el cine es una de mis aficiones preferidas, sin embargo no suelo prodigarme mucho por las salas comerciales, sino que básicamente soy un consumidor casero. Este año, sin embargo, estoy rompiendo todos los récords de asistencia, cumpliendo con mi deber patriótico de hacer que los dueños de salas comerciales remonten el vuelo en plena crisis económica. Vamos, que en poco menos de seis meses he ido en tres ocasiones (¡tres!) al cine. Aunque no puedo decir que haya visto algún pestiño, sin embargo las dos primeras películas no acabaron de convencerme. La primera fue "Jane Eyre", en la nueva versión de Cary Fukunaga, que me dejó bastante indiferente. Formalmente correcta, no consiguió despertar grandes emociones en mí. La segunda, "La dama de hierro", siguió la misma línea. Todo el mundo ha loado la interpretación de Meryl Streep, pero la película no parece tener claro lo que quiere contar. Sin embargo, como dice el refrán, a la tercera ha ido la vencida, y he podido ver una película realmente buena: "Shame".

"Shame" es el segundo largometraje del director británico Steve McQueen. Cuenta la historia de Brandon Sullivan (Michael Fassbender), un ejecutivo neoyorquino cuyo rasgo más notable es su adicción al sexo. Aunque aparenta tener una vida normal, el sexo, en sus diferentes manifestaciones, es su único interés. Esta obsesión está descrita magistralmente en los primeros minutos de la película: fugaces encuentros sexuales con mujeres, compulsivas masturbaciones en el trabajo, pornografía a la hora de cenar... todo ello, con una actitud indiferente a los desesperados mensajes que una mujer deja en su contestador automático. Esta mujer es Sissy (Carey Mulligan, excepcional en un papel muy alejado del de la jovencita ingenua de "An education"), su hermana, que irrumpe ineseperadamente en su vida, alojándose unos días en su apartamento aun en contra de su voluntad. La tormentosa relación entre ambos, cuyo pasado se intuye oscuro y traumático, es uno de los puntos claves de la película, ya que Sissy es la única persona con la que Brandon puede mostrarse tal y como es.

Como toda adicción, la de Brandon tiene un carácter tanto compulsivo como autodestructivo. Brandon no experimenta con el sexo placer, ni siquiera evasión, sino que es una forma más de dolor. El propio McQueen define a su personaje como alguien que, a través de su cuerpo, se crea su propia prisión. Incapacitado para mantener una relación afectiva normal, con cada contacto sexual se hunde más en el pozo.Desde el punto de vista visual, la película es muy poderosa.

El gusto por el esteticismo de McQueen da como resultado secuencias espléndidas (la versión de "New York, New York" cantada por Sissy, el montaje intercalado de la secuencia en la que Brandon acaba en un local gay), y dota de mayor intensidad otras (la angustia y desesperación de un menage a trois, por ejemplo). Aunque a veces pueda parecer que se "recrea" en algunas imágenes, ello no va en detrimento del desarrollo de la historia.

Pese a que el tema hubiese podido dar lugar a una película superficial y sensacionalista, "Shame" no adolece de estos defectos, sino que se erige como una película sólida, oscura, perturbadora y deprimente, sí, pero de mucho interés.

domingo, 12 de febrero de 2012

"Crímenes", de Ferdinand von Schirach

El delito provoca una extraña fascinación en el ser humano. La mayoría de nosotros seríamos incapaces de cometer hasta la más liviana infracción, pero en no pocos casos disfrutamos con mala conciencia de los más terribles crímenes. Solo así se explica el éxito de libros, películas, series y programas de televisión que tienen como objeto la comisión, investigación y resolución de delitos (especialmente de asesinatos). En ellos, el morbo por el mal se ve compensado casi siempre por el justo castigo final del culpable, que restablece el equilibrio entre el bien y el mal con las típicas frases de "se ha hecho justicia", "hemos vengado a las víctimas" o "nadie queda impune de sus actos". En el fondo sabemos que no siempre es así, que sobre los crímenes no resueltos (o mal resueltos) nadie hace programas de televisión sobre invencibles métodos forenses e investigadores cuasi divinos, pero esa es una verdad que procuramos no tener demasiado presente.


Pese a su título, Crímenes es un libro distinto. En él, sí, Ferdinand von Schirach explica algunos de los casos que llevó en su prolongada actividad como abogado penalista en Alemania, pero no lo hace para ofrecer detalles sanguinolentos sobre las hazañas más perversas de sus clientes. En algunos casos no se trata, ni siquiera, de delitos especialmente graves. Von Schirach se preocupa más por la historia personal que hay detrás de cada delito. Cuando vemos por televisión o leemos en el periódico que una persona ha cometido un delito, las asociamos inmediatamente a él, de manera que acusado y delito pasan a conformar una unidad indistinguible. Ya no es una persona, sino un delito: toda su vida se explica por ese hecho. Por eso nos extraña tanto que ese delincuente todavía pueda tener a su lado personas que le quieran o se preocupen por él. Von Schirach nos cuenta las historias que hay detrás de esos delitos, pero lo hace sin sentimentalismos ni justificaciones; no se trata de hacer una alabanza de los delincuentes (cuando lo son), sino de ver qué circunstancias dieron lugar a que los hechos se desarrollasen tal y como se produjeron.


Crímenes consta de once relatos. "Fähner" cuenta un caso que el maniqueísmo actual de los medios de comunicación hubiese tachado, sin más, de violencia machista. "El cuenco de té de Tanata" deja entrever cosas que no se pueden decir sobre honorables y poderosas familias. "El violonchelo", la hermosa y trágica vida de dos hermanos. "El erizo", la inigualable inteligencia de un paria de la sociedad, capaz de vencer a un tribunal y a la fiscalía. "Suerte", las miserias de quienen no tienen nada, excepto a sí mismos. "Summertime", un crimen no resuelto (en apariencia). "Legítima defensa", el misterioso caso del hombre que no era nadie. "Verde", el terrible sufrimiento que provocan las enfermedades mentales. "La espina", la obsesión de un vigilante de un museo por una escultura. "Amor", la vida de Patrick, que estaba tan enamorado de su novia que se le quiso comer. "El etíope", una historia de amor y desgracias digna de ser llevada al cine.


Con todo, lo que más me ha gustado del libro es la dedicatoria de quien me lo regaló...

domingo, 1 de enero de 2012

Recuento 2011

Aunque haya sido un fin de año parco en entradas, no podía dejar de acudir a la cita anual de recuento de los libros leídos durante los últimos doce meses. Este año el número de obras leídas se ha reducido un poco, por el sprint final de estudio, el mes del camino de Santiago y estos últimos meses de trasiego judicial, pero en general la calidad no ha variado. Tampoco es de extrañar porque no suelo asumir muchos riesgos y voy sobre seguro. Cortázar, Borges, Pérez Galdós, Mailer... son sospechosos habituales de la buena literatura. Como descubrimientos, Patrick Modiano me ha gustado mucho, igual que los premiados Sofi Oksanen y Colum McCann; Dennis Lehane y George Pelekanos son algo más que escritores sobre crímenes. Gay Talese es un magnífico periodista, y los asesinos en serie del coronel Robert K. Ressler me depararon buenos momentos (entiéndase en su justa medida este comentario).


Antes de ir con la lista y los enlaces, solo me falta desearos un feliz año 2012. Espero que sea el mejor año de nuestras vidas.


Calle de las Tiendas Oscuras, Patrick Modiano


Rayuela, Julio Cortázar


La otra orilla, Julio Cortázar




La estrategia del agua, Lorenzo Silva


Territorio comanche, Arturo Pérez-Reverte




Eva, James Hadley Chase


Si esto es un hombre, Primo Levi


Cualquier otro día, Dennis Lehane






Honrarás a tu padre, Gay Talese


Patente de corso, Arturo Pérez-Reverte


Que el vasto mundo siga girando, Colum McCann


Historia universal de la infamia, Jorge Luis Borges


Miau, Benito Pérez Galdós


El jardinero nocturno, George Pelecanos


Bestiario, Julio Cortázar


Irak. Historia de una guerra moderna, Varios autores

martes, 4 de octubre de 2011

Dando señales de vida

Lo sé: últimamente estoy desaparecido. Ni actualizo el blog, ni visito las bitácoras amigas. Yo soy el primero que lo lamenta, pero tengo justificación. Excusatio non petita, accusatio manifesta? Más bien, voluntad de ser sincero. Como ya dije, a mediados de septiembre he empezado el curso en la escuela judicial y, como era previsible, ando un poco liado. No es que la carga de trabajo sea excesiva: más bien al contrario. Lo que sucede es que todavía estoy adaptándome a la nueva rutina de -oh, cielos- salir cada mañana de casa rumbo al centro de trabajo. Durante demasiado tiempo he estado prácticamente enclaustrado, por lo que pasar a madrugar y utilizar cinco medios de transporte distintos cada día cuesta un poco. Si sirve de consuelo, no solo he dejado aparcada la blogosfera, sino también la prensa, la lectura y hasta las series (a día de hoy, no he visto el primer capítulo de la nueva temporada de Dexter).


Así las cosas, y llegados a este punto, puedo confesar que esta entrada no tiene mucho valor ni interés; simplemente trato de reanudar el ritmo de actualizaciones, porque, como dije, este blog va a continuar. Uno siempre tiene que saber cuándo irse de una fiesta, pero en este caso, ese momento todavía no ha llegado.


Para que la entrada no quede demasiado sosa, os diré que el otro día fui a una biblioteca a comprarme un ejemplar de la Ley de enjuiciamiento civil (la mía estaba derogadísima) y de la Ley de enjuiciamiento criminal (puedo confesar, aquí entre amigos, que nunca he tenido esta ley, ni en la universidad ni durante la oposición... eso me convierte prácticamente en un forajido). En total, 50 eurazos para los de Aranzadi. Para compensar, me permití el capricho de adquirir Homicidio, un tocho escrito por David Simon, en el que cuenta su experiencia como periodista acompañando durante un año a la policía de Baltimore por las "calles de la muerte". ¿David Simon, Baltimore? Sí, son viejos conocidos de este blog; Simon es, junto a Ed Burns, creador de The wire. Simon, Burns, Pelecanos, Price, Lehanne... The wire, además de una serie excepcional, es una guía útil para encontrar a los mejores escritores del momento.


Casi no he leído nada de Homicidio, pero el principio ya deja atisbar de qué va a ir la cosa. Tiene muy buena pinta...


"Sacando una mano del cálido refugio del bolsillo, Jay Landsman se acuclilla en el suelo, coge la barbilla del muerto y le gira la cabeza a un lado hasta que se ve la herida, un pequeño agujero ovalado que supura rojo y blanco.


- Aquí está el problema -dijo-. Tiene una pequeña fuga.

- ¿Una fuga?-dice Pellegrini, siguiéndole la corriente.

- Una pequeña.

- Eso se puede arreglar.

- Pues claro que sí -dice Landsman, dándole la razón-. Ahora hay esos kits caseros de bricolaje...

- Como los de las ruedas.

- Exactamente igual que los de las ruedas -dice Landsman-. Vienen con un parche y todo lo necesario. Con una herida más grande, como la que hace un treinta y ocho, hay que cambiar la cabeza por una nueva. Pero esta se podría arreglar.


Landsman mira hacia arriba, y en la expresión de su rostro no se lee más que sincera preocupación."

martes, 6 de septiembre de 2011

El fútbol es así

¿Os imagináis que una persona contra la que el fiscal pide 30 años de prisión y que está pendiente de sentencia hiciese declaraciones públicas y los medios, al informar al respecto, solo hiciesen referencia a su profesión o puesto de trabajo? ¿Os imagináis que esa persona, pese a todo, gozase de prestigio social y se atreviese a dar lecciones de honestidad y justicia a los demás? ¿Os imagináis que esa persona se viese a sí mismo como una especie de Robespierre, como un revolucionario que lucha por destronar el absolutismo? Es difícil de imaginar, lo sé. O quizá no tanto. Basta con leer, ver o escuchar las noticias deportivas cuando en ellas figura José María del Nido, al que solo se identifica como presidente del Sevilla. Por si alguien no lo sabe (lo cual no me extrañaría, porque no se habla de ello), Del Nido está pendiente de sentencia por el llamado "caso Minutas", en el que la fiscalía lo acusa de multitud de delitos relacionados con contrataciones con el Ayuntamiento de Marbella y por los cuales solicita una pena de treinta años de prisión. Pero eso, ¿qué importa?

El fútbol es pródigo en milagros de este tipo. Pensé lo mismo hace unos meses, cuando durante la retransmisión de la final de la Copa de Europa la televisión mostró, durante unos segundos, cómodamente sentado en un palco, a José Luis Núñez, ex presidente del Barcelona y que, en ese momento, estaba también pendiente de sentencia por el caso Hacienda. Poco después de ese día, pero nada más y nada menos que veinte años después de los hechos, Núñez era condenado a seis años de prisión, pena cuyo cumplimiento eludirá, al menos, hasta que la sentencia sea firme. Es posible, incluso, que nunca la cumpla, aunque el estigma del delito quedará siempre asociado a su nombre. Lo único seguro, me atrevería a decir, es que cuando muera se le rendirá un emotivo minuto de silencio y se recordará, sobre todo, su actuación como mandatario azulgrana.

Homer Simpson define a las estrellas del rock&roll como personas que son adoradas por hacer cosas por las que el resto de la gente iría a la cárcel. En esta línea, no acabo de entender por qué a los protagonistas del mundo del fútbol no se les aplica la misma vara de medir que a los demás. No sé por qué, en estos momentos en los que se intenta sacar dinero de cualquier sitio, nadie habla de los millones de euros que los clubs de fútbol adeudan a la Hacienda Pública. Hace poco se frustró una reforma tributaria de esas que se dice que son "para que paguen más los ricos" solo porque esos ricos se visten de corto y pegan patadas a un balón los fines de semana, so pretexto que, en ese caso, los grandes jugadores se irían a otros equipos extranjeros; argumento este que no tiene lógica, ya que, que yo sepa, ningún jugador ficha por el dinero que cobra, sino por el amor que profesa desde pequeño a unos colores. En fin, que teniendo en cuenta la cantidad de problemas con la justicia que tienen los presidentes de los equipos de fútbol y que, según dicen, todos pierden dinero con ese cargo, sería hora de preguntarnos por qué todavía hay gente que aspira a serlo.

viernes, 2 de septiembre de 2011

La Constitución y las sirenas

Al final va a ser cierto eso de que nunca digas nunca. Si hace tan solo unas cuantas semanas me hubiesen dicho que PP y PSOE iban a pactar una reforma de la Constitución, hubiese pensado: imposible. Si además me hubiesen dicho que lo iban a hacer de un día para otro y sin previo aviso, hubiese contestado: eso no pasará jamás. Y si hubiesen añadido que lo harían a escasos tres meses de unas elecciones generales, simplemente me hubiese echado a reír a carcajadas. Y, bueno: ahora mismo se está votando la reforma de la Constitución para limitar la posibilidad de endeudamiento público. Ver para creer. Claro que, como ya son pocos quienes creen en los milagros, este anómalo pacto político, y sobre todo su celeridad e improvisación, no parece fruto del consenso espontáneo entre las dos grandes fuerzas políticas del país, sino que más bien es un acto de obediencia a las exigencias de otros países e instituciones internacionales. La felicitación de Angela Merkel a los políticos españoles por la medida adoptada parece, así, la carantoña que el amo da a su mascota cuando esta cumple lo que se le ordena.

Confieso sin pudor que no sé si esta nueva medida económica es o no acertada. De economía sé más bien poco, por no decir nada, así que no me veo capaz de discutir con vehemencia sobre el asunto. Desde un punto de vista jurídico, las normas que integran la llamada "Constitución económica" son también las que menos conozco (y menos me interesan), por lo que tampoco sobre esto puedo dar una opinión fundada. A este respecto, solo puedo decir que, desde siempre, se ha dicho que el modelo económico desarrollado en la CE responde a una calculada ambigüedad, fruto de la necesidad de alcanzar un gran consenso en su aprobación, por lo que en su articulado se hace referencia, no solo a la libre empresa y la economía de mercado, sino también a la planificación económica y la nacionalización. Se trataba, en definitiva, de establecer unas reglas del juego que permitiesen a todas las fuerzas políticas poner en práctica sus respectivos programas económicos sin que éstos chocasen con el texto constitucional. Ahora, con esta reforma constitucional, se viene a estrechar el campo de juego, por lo que cada vez se hace más difícil poder optar por distintas políticas económicas. ¿A esto se referían cuando hablaban de refundar el capitalismo?

La actualidad del día me sirve de excusa para escribir sobre uno de los temas que más me interesan del derecho constitucional, a saber: el de la reforma constitucional. Apasionante, lo sé. Dentro de las múltiples clasificaciones que tanto gustan a los juristas, se distingue entre constituciones rígidas y flexibles según cuál sea el criterio para su reforma; una constitución es flexible si se puede reformar por la principio mayoritario y rígida si se exigen mayorías o requisitos adicionales. Dentro de las constituciones rígidas, dicha rigidez puede ser mayor o menor dependiendo no solo de los criterios establecidos, sino también de la tradición o situación política de cada país, que puede ser más o menos propensa al pacto entre las fuerzas políticas. Como sabemos, la CE se incluye dentro de los textos constitucionales rígidos, pudiendo distinguirse entre dos tipos distintos de rigidez según cuál sea la materia afectada por la reforma.

Entre los autores, hay discusión acerca de cuál es el modelo preferible, desde un punto de vista democrático, para la reforma constitucional. De todas las teorías habidas y por haber, hay una por la que siento predilección, más que nada por su aliento poético: la de Jon Elster. Elster defiende la necesidad de que la reforma consitucional exija mayorías cualificadas como mecanismo de defensa de los valores y principios que inspiran una sociedad. A través de esa mayoría cualificada se protegen mejor tales principios, ya que, de lo contrario, se podrían ver amenazados por tentaciones reformistas equivocadas y peligrosas. Según Elster, al redactar una constitución, el poder constituyente plasma en ella los valores y principios digamos "verdaderos" de dicha sociedad, pero si permite que puedan ser modificados por un criterio puramente mayoritario, estos pueden correr peligro ante eventeos inesperados. Por ejemplo, cuando una constitución prohíbe la pena de muerte y la tortura, está reflejando la voluntad inequívoca de la sociedad de reprochar tales barbaridades; sin embargo, esa voluntad puede verse debilitada, incidentalmente, por una oleada de crímenes brutales, ante la cual es más probable que esa misma sociedad, atemorizada e iracunda, renuncie a lo que sabe que está bien. En definitiva, y como suele decirse vulgarmente, se trata de evitar reformas constitucionales "en caliente".

Para ejemplificar su teoría, Elster recurre al conocido pasaje de las sirenas en la Odisea. Homero cuenta la existencia de una isla habitada por sirenas que, con su hermoso canto, atraen hacia sus costas a los barcos, haciendo que estos naufraguen. Ulises, conocedor de todo ello, ordena a sus marineros que se tapen los oídos con cera, para quedar inmunes al canto, y que le aten a él a un mástil, para poder escuchar el bello canto sin riesgo para su vida. Según Elster, al aprobar constituciones rígidas, las sociedades actúan como Ulises: sabedoras de que en el futuro pueden sucumbir a los cantos de sirena posiciones extremistas o radicales contrarias a sus valores, establecen mecanismos que dificultan esa posibilidad, de manera que si se quiere reformar la constitución ello sea fruto de un sentir ampliamente mayoritario y tras un proceso largo de debate y reflexión.

Contra la teoría de Elster se han opuesto varias críticas, de las que cabe destacar dos. La primera es que, mientras que el Ulises que pide a sus marineros que le aten a un mástil y el Ulises que, al oír a las sirenas, quiere que lo desaten, es una misma persona, tal identidad no se da en el caso de las sociedades políticas, cuyos miembros van cambiando a lo largo del tiempo. Y la segunda, que es arbitrario decir que los valores y principios "de verdad" de una sociedad son los existentes en el período constituyente y no los que pueden existir en un momento posterior. Así, no habría ningún motivo para sostener que el poder constituyente es más clarividente o sabio que el poder constituido, además de provocar un distanciamiento cada vez mayor entre el texto constitucional y la voluntad de quienes se rigen por el mismo.

Como se ve, la teoría de Elster (como, en general, cualquier otra teoría jurídica) no está exenta de críticas ni de puntos débiles, pero puede servir para hacernos reflexionar sobre lo que hoy se vota en el Congreso. ¿Estamos cediendo ante los cantos de sirena de Alemania, las instituciones financieras y "los mercados"? ¿De verdad es necesaria y conveniente esta reforma constitucional? Cuando pase la crisis, ¿seguiremos pensando igual?

martes, 30 de agosto de 2011

Continuará...

Durante este período estival casi tenía decidido el cierre de este blog. Que no cunda el pánico o, más verosímilmente, que no se desate la euforia. No se trataba de abandonar la blogosfera, sino de echar el cierre a este tenderete y abrir otro distinto, nuevo y más resultón. Estos últimos días, sin embargo, he ido dudando cada vez más hasta el punto de haber decidido que no, que La ciudad dorada todavía tiene derecho a seguir viendo la luz del nuevo día.

La razón principal para todo esto era el inminente comienzo del curso en la escuela judicial y la posible incompatibilidad de textos anteriores con mi nuevo "estatus" (lo siento, no he encontrado otra palabra menos rimbombante). Aunque todavía no soy juez y, por lo tanto, no me afectan las limitaciones en cuanto a la expresión de opiniones referentes a los poderes públicos, la política, etc (vamos, que todavía puedo mentar la madre a quien quiera), lo cierto es pensaba que podría sentirme incómodo tratando según qué temas. No se trata de la posible repercusión que pudiesen tener tales opiniones, ya que al fin y al cabo el blog lo leéis cuatro amiguetes y, más o menos, mi identidad está oculta (aunque si alguien se esforzase un poco no le costaría demasiado saber quién se esconde bajo ese pseudónimo). Es cierto que, leídas ahora, pueden ser un poco chocantes mi defensa de la tortura y mi predilección por los policías que parten cabezas, pero al fin y al cabo, ¡a quién le importa! Se trataba más bien de un caso de excesivos e injustificados escrúpulos morales.

Por otra parte, también había pensado que este sería un buen momento para poner término al blog porque éste ha estado estrechamente ligado, tanto en su concepción como en su desarrollo, a mis fatigas de opositor. Siempre he pensado que, para mí, la ciudad dorada a la que alude el bello poema de Stevenson era, en gran medida, el aprobado; además, a través del blog, aunque resulte paradójico, he podido tener más contacto con el mundo exterior, no solo para expresar mis opiniones y hacerlas llegar a otros, sino también para conocer personas y opiniones interesantes y, la mayoría de las veces, distintas de las mías. Que es de lo que se trata, en el fondo. Una vez aprobado, pensaba, el cierre del blog sería una metáfora del paso a una nueva etapa vital, dejando atrás la gris y tediosa vida de la oposición.

Es conocido lo que se dice de los grandes campeones: que hay que saber retirarse a tiempo. Sin embargo, ni yo ni este blog somos unos campeones y, para ser sincero, me daba pena irme de la que también ha sido mi casa todos estos años. (Años, parece mentira.) Así que, en definitiva, este blog va a seguir abierto; no sé por cuánto tiempo ni con cuánta periodicidad escribiré, pero eso es lo de menos. Quizá escriba menos de política, pero siempre que lo haga será con la misma sinceridad y honestidad con que lo he hecho hasta ahora, equivocadamente o no. Iré contando también, de vez en cuando, cómo es la escuela, aunque no quiero convertir el blog en un diario personal. También haré referencia a las épicas y gloriosas victorias madridistas, por supuesto. Y si vuelvo a ir a una sala de cine, prometo contarlo aquí en exclusiva. En fin, que siempre que queráis, tendréis el chiringuito a vuestra disposición.

viernes, 19 de agosto de 2011

"Vida y opiniones de Juan Mal-herido", edición de Alberto Olmos

Pocas veces he reído tanto leyendo un libro como lo he hecho con Vida y opiniones de Juan Mal-herido, recopilación de una serie de entradas publicadas en el blog Lector Mal-herido, bajo la edición del escritor Alberto Olmos, que en realidad es el padre de la criatura. Y ojo, porque este no es un libro de humor; es, a priori, un libro de crítica literaria. O, para ser más exactos, un libro en el que Juan Mal-herido opina sobre los libros que lee. ¿A qué viene tanta risa, entonces? Bueno, digamos que Juan Mal-herido no es un crítico al uso y que, más que opinar, vomita sus opiniones sin miramiento alguno. Tanto es así que, junto al éxito cosechado por Lector Mal-herido (uno de los sitios web más visitados y populares de la literatura española actual), el blog también se ha visto rodeado de polémica, no sólo por las batallas campales en la sección de comentarios, sino también porque Blogger ha dificultado su acceso ante los avisos recibidos.

Para que os hagáis una idea, transcribo alguno de los pasajes que se pueden encontrar en el libro:

"Que dicen por ahí que (me parto de risa: os lo juro por Dios) que Stefan se mató (con su mujer) porque le daba mucha pena la segunda guerra mundial. Jajajajajajajaja: no me jodas por amor de Dios. Nadie se mata por los problemas del mundo mundial. ¿De qué vas, bitter Klaus? La gente se mata por sus propias miserias y punto y se acabó. ¿Por qué se mató Stefan? Yo qué sé. Si lo supiera iba a estar aquí en este blog de mierda y no en Princetown (pronúnciese: princetoun) dando una confe. Rencia. Genial. Ah." (Carta de una desconocida, de Stefan Zweig)


"Me encanta sobre todo recordar lo que he leído sobre esta obra, en manuales y eso: que si un viaje donde el autor se proyecta y es más un viaje dentro de sí mismo: que si reflexiones sobre el alma humana... Jajajaja, putas de biblioteca, qué confundidores. Aquí no hay profundidad alguna: es un tío que quiere follar. ¡Leed el libro al menos si lo vais a incluir en la historia de la literatura!" (Viaje sentimental por Francia e Italia, de Laurence Sterne)


"Dice Vila-Matas en El mal de Montano que Dalí fue mejor escritor que pintor. Ahora lo voy a decir yo: Dalí fue mejor escritor que pintor. ¿A que suena a gilipollez? Dice Vila-Matas que Dalí fue mejor escritor que pintor." (Diario de un genio, de Salvador Dalí)


"Al final lo compré y nuevo (ahora no pillo de la biblio porque me mudé a Puerta de Hierro y allí no sólo no hay bibliotecas, sino que tampoco hay malas personas: ¡ni un solo gitano!, qué bien) y (aunque sigo comprando, de hecho, he empezado a comprar libros de segunda mano, que todavía me gusta más que comprarlos nuevos: consejo para editores: si quieren vender más, metan cosas en los libros, sellos como en Larva, o condones, o una rayita de vez en cuando (no sé, en uno de cada mil: ¡no es tanto, joder!) o a sus putas madres) eso.


Ejercicio para mis lectores: análisis sintáctico del párrafo anterior. Parece una puta mierda, pero en realidad es genial. Si lo he escrito yo es genial. Ese es mi lema, hostia. Y cuando me muera y me consuman los gusanos (iba a poner "cuando me consuman los gitanos"... jajaja puto nazi) en mi tumba dirá: Si me muero yo, es que es genial, hostia.


Joder, ya no sé qué iba a decir." (La peste bucólica, de Alejandro Cuevas)


Juan Mal-herido, para decirlo rápidamente, es racista, xenófobo, machista, drogadicto, un vicioso sexual y, además, está obsesionado con las niñas de trece años. Todo eso lo vamos descubriendo poco a poco, mientras desgrana sus lecturas, que abarcan un amplio espectro: desde clásicos indiscutidos a las novedades más recientes. A veces habla bien de un libro, la mayoría de veces lo destruye; y para qué engañarnos, uno disfruta cuanto más mordaz y cáustico es. Aunque el mérito de estos comentarios es que no son meras diatribas caprichosas, sino que en ellas late un fondo de justicia literaria (al menos, desde el punto de vista del autor); no se trata solo de leer, sin razón alguna, unos cuantos insultos y chistes sexuales. "La gente se cree que odiar es fácil, que hacer literatura deprecativa es simplemente empezar a ladrar sobre el papel", dice a propósito de Thomas Bernhard.

Desde una perspectiva seria, la dualidad entre Juan Mal-herido y Alberto Olmos plantea las recurrentes discusiones acerca de los límites entre ficción y realidad; la clásica disputa de los heterónimos. ¿Se puede imputar a Olmos lo que opina Juan? ¿Se puede hacer responsable a un autor real de lo que dicen sus personajes ficticios? Pero más allá de estos manidos problemas literarios, el propio Olmos alude al misterio de la irrefrenable fascinación que provocan las opiniones de Juan Mal-herido:

"¿A qué se debe el éxito, la popularidad, de una propuesta tan deleznable como la que nos ofrece Juan? (...) Sus lectores... deberían sopesar al menos durante un instante el motivo por el cual disfrutan de la incorrección política de grano grueso que les ofrece esta bitácora. Yo no soy racista, yo no soy homófobo, yo no soy machista y los niños me inspiran una gran ternura. Entonces, ¿por qué me río con Juan?"

A primera vista, podríamos pensar que los desvaríos de Juan son como cuando una persona se cae por la calle: sabemos que no está bien reírse, pero no lo podemos evitar. Sin embargo, creo que la razón es otra. Ocurre que estamos hartos de estar las veinticuatro horas del día midiendo nuestras palabras, analizando cada opinión (propia o ajena) para decidir si encaja o no dentro de lo socialmente aceptable, contemplando pasivamente como la libertad de opinar se va minando cada vez más, frunciendo el ceño ante chistes que en público no se pueden contar pero con los que nos desternillamos en privado. Y en esas, llega Juan Mal-herido y suelta sus palabrotas, sus cuchilladas verbales, sus bravatas literarias. Y nos reímos, claro, porque en el fondo sabemos que no es más que un juego, sí, pero un juego con sabor a libertad.

lunes, 8 de agosto de 2011

"Purga", de Sofi Oksanen

No sé si lo he explicado ya alguna vez (a estas alturas, cualquiera sabe qué ha escrito uno por aquí), pero no suelo leer novelas recién publicadas de autores de los que no he leído nada anteriormente, salvo escasas excepciones. La razón primordial es que, por puro porcentaje estadístico, es altamente probable que el libro sea malo o, cuando menos, que no me guste; si un libro ha sobrevivido a la criba del tiempo, es normal que sea un buen libro, pero con un libro recién salido del horno, cualquiera sabe... Y, la verdad, no me gusta perder ni el tiempo ni el dinero. Sé que así pierdo la oportunidad de leer libros que, quizá, me gustarían mucho, pero lo compensa el saber que evito una ingente cantidad de bazofia literaria de primera calidad. Además, si son buenos, siempre podré leerlos dentro de treinta años.

Como he dicho, siempre hay excepciones: la recomendación de alguien que es literariamente de fiar, el regalo no pedido pero interesante, el libro con el que te topas por azar o, simplemente, un capricho inconfesable. Una mezcla de todas estas razones me llevó hace poco a comprar y leer Purga, novela con la que la finlandesa de origen estonio Sofi Oksanen ha ganado varios galardones el último año (entre ellos, el de mejor novela europea). Huelga decir que en mi vida había leído nada de la tal Sofi ni, por extensión, de los restantes escritores estonios/finlandeses, pero lo cierto es que no lo dudé mucho y me hice con un ejemplar del libro. A fin de cuentas, siempre queda bien decir que estás leyendo una novela estonia. O sea.

Purga comienza con una escena aparentemente trivial. La anciana Aliide Truu está sola en su vieja casa rural, sin más empeño que el de matar una mosca; una de esas moscas que combinan hábilmente la capacidad de molestar y sobrevivir a los ataques humanos. De pronto, mientras se prepara para embestir nuevamente contra la mosca, divisa a través de la ventana un bulto negro, acurrucado en uno de los árboles de su jardín. Al principio no está muy segura, pero rápidamente adivina en ese bulto a una joven magullada y, aparentemente, inconsciente. La anciana Truu sospecha que puede tratarse de un ardid de ladrones, pese a lo cual sale al jardín a ver si la chica está bien. Aunque herida y desorientada, la joven está aparentemente en buen estado, si bien tiene un comportamiento sospechoso. A partir de ese momento se entable entre ambas mujeres una relación de mutua desconfianza, de silencios y recelos que se prolonga durante casi toda la novela.

Según parece, Purga fue inicialmente una obra de teatro que, gracias al éxito cosechado, Oksanen rediseñó como novela. Sería interesante cotejar el texto novelístico con el teatral, porque traspasar la novela al teatro, sin más, me parece algo bastante difícil. La estructura de la novela es compleja: se alternan los capítulos narrados (aunque no en primera persona) desde la perspectiva de Aliide Truu y de la joven Zara, además de combinarlos con escenas del pasado, cartas de un diario y, finalmente, informes de la inteligencia soviética. Oksanen tiene una gran habilidad para contar muchas cosas sin ser demasiado explícita, sugiriendo más que señalando, por lo que no está de más una lectura mínimamente atenta del texto.

Aunque son muchos los temas tratados en la novela (la dominación soviética en Estonia, la explotación sexual de las mujeres, las relaciones familiares e intergeneracionales), por encima de todos ellos sobresale el personaje de Aliide Truu, tan increíblemente humana que uno no sabe si detestarla o compadecerla. Sin querer entrar en detalles, y tal y como sugiere el título de la obra, Aliide Truu tiene un pasado lleno de pecados, cuyo recuerdo la persigue como las incordiantes moscas que no te dejan disfrutar de una agradable comida en medio del campo. Los pecados de Aliide son muchos, y graves, y nacen de los peores sentimientos humanos: los celos, el despecho, el odio, la envidia, la desesperación. Es difícil ser severo con Aliide, la cual se ve arrastrada por la ola de la obsesión amorosa. A fin de cuentas, Purga podría ser una fábula que nos enseña a lo que es capaz de llegar el ser humano cuando no encuentra respuesta a esta trágica pregunta: ¿por qué no me quiere a mí?


martes, 2 de agosto de 2011

Banderas

El 20 de agosto de 1990, Yugoslavia se proclamaba campeona del mundo de baloncesto en Argentina. No era para menos, pues su plantilla estaba plagada de jóvenes y prometedoras estrellas: Savic, Paspajl, Kukoc, Divac y, por encima de todos ellos, Drazen Petrovic. Aunque se enfrentaban a la también potente Unión Soviética, vencieron con relativa facilidad (92 a 75). Justo al término del partido, se sucedieron las típicas escenas de celebración de los campeones: saltos de alegría, abrazos emocionados, lágrimas contenidas. En medio de tanta alegría, sin embargo, se produce un hecho, en apariencia anecdótico, que va a marcar la vida de algunos de los protagonistas. Un aficionado salta a la cancha de baloncesto portando una bandera independentista croata, que le es arrebatada con malos modos por Vlade Divac. El incidente no pasa a más, pero el eco mediático del mismo en Yugoslavia es inmenso. Divac pasa a convertirse en un símbolo político, amado por los nacionalistas serbios y odiado por los croatas. Aunque Divac afirma que en ningún momento quiso ofender a nadie, para los croatas pasa a ser la encarnación de todo aquello que odian de Serbia. Eso, y la posterior guerra de los Balcanes, distancia cada vez más a Divac de sus amigos croatas: Kukoc, Radja y, especialmente, Petrovic, quien poco después muere en un accidente de tráfico en Alemania, sin haberse reconciliado nunca con Vlade.

Esto, y mucho más, se cuenta en el magnífico documental Divac y Petrovic. Hermanos y enemigos, centrado en la relación de amistad entre los dos talentosos jugadores yugoslavos, perturbada por los conflictos bélicos de los Balcanes. Como se ve, hasta el más nimio incidente puede servir de excusa para avivar el odio y la confrontación entre quienes no desaprovechan la oportunidad de elevar a categoría lo que no es más que anécdota. Es una vía de doble sentido, ya que como suele decirse, dos no se pelean si uno no quiere. La misma culpa tuvieron quienes señalaron a Divac como representante del centralismo serbio, como quienes le elevaron a los altares patrióticos de la lucha antisecesionista. Muchos años después, Divac sigue suscitando los mismos sentimientos en Croacia; podemos ver cómo un airado hombre grita, a la respuesta de qué opina de Divac, que "¡Es un chetnik!"

Un gesto muy similar al de Divac lo vimos ayer al término de la final del Europeo sub-19 de fútbol, en la que la selección se proclamó campeona. Inesperadamente, el seleccionador arrebató a uno de los futbolistas una bandera de Asturias que portaba anudada al cuello, ante el pasmo de éste y del resto de jugadores. Ha bastado esa imagen para que en los medios de comunicación, en la red y en las discusiones de bar se haya reanudado la inacabable y agotadora polémica de España, las autonomías y las banderas. Pese a lo malo, estamos de enhorabuena: por suerte, la bandera arrebatada era asturiana, en lugar de catalana o vasca...

Solo en España puede discutirse algo tan absurdo como si es bueno que un jugador agite la bandera de su comunidad autónoma, ciudad o pueblo al celebrar un título recién conquistado. ¿De verdad hay algo malo en ello? Por lo que se ve, para algunos es intolerable. Una corriente de opinión considera que los jugadores solo tendrían que ondear banderas de España, ya que representan a toda España y no solo a una parte, y que si no lo quieren hacer, pues que no jueguen. Todo lo que se aparte de esto es, en el mejor de los casos, localismo paleto, y en el peor, rancio nacionalismo independentista. Esto no pasa en otros paises, dicen, y por eso tampoco debe pasar en el nuestro; hay que estar unidos para ser más fuertes, y por eso todos tienen que hacer, opinar y sentir como ellos.

Lamentablemente, nada nuevo bajo el sol. Aún recuerdo cuando algunos criticaban a Xavi porque, decían, ocultaba la bandera española de sus medias... El cansino victimismo nacionalista solo es comparable al repetitivo discurso de quienes, negando ser nacionalistas españoles, se comportan y opinan como tales. ¿De verdad alguien se siente ofendido porque un chaval lleve al cuello la bandera asturiana? ¿Es entonces Fernando Alonso un independentista astur? Cuando el Madrid le gane al Barça la Supercopa de España (hoy estoy contento, por eso escribo "cuando" en lugar de "en el improbable caso de que"), ¿debería Florentino Pérez advertir a sus jugadores que celebren el título solo con banderas madridistas, absteniéndose de mostrar las de sus respectivos paises para no ofender a los aficionados?

En el fondo, lo de ayer es totalmente irrelevante, una de esas polémicas absurdas que sirven para rellenar un poco los medios de comunicación en agosto. Lo importante, por el contrario, es que ejemplifica un modo de pensar enraizado en gran parte de la población española, según el cual la única forma válida de sentirse español es la suya. Creer que la españolidad se puede imponer por la fuerza es tan pueril como pensar que se puede forzar a alguien a que te ame; de hecho, seguro que todos conocemos a alguien que, a base de desconfiar y tratar de controlar a su pareja, ha conseguido que quien le amaba dejase de hacerlo...

En el albergue de Foncebadón (ah, mi añorado camino de Santiago...) había escrita una inteligente frase de no sé quién: "Oh Señor, dame la fuerza para aceptar las cosas que no se pueden cambiar; valor para cambiar las cosas que sí se pueden; y sabiduría para distinguir entre unas y otras." España es como es, y eso no lo va a cambiar nadie, por mucho que grite en las tertulias o teclee en el odenador. Más nos valdría dejar de pensar en cómo son otros paises o cómo nos gustaría que fuera España, y centrarnos más en qué debemos hacer para que España siga siendo.

miércoles, 27 de julio de 2011

De encuestas y faisanes

Como hasta mediados de septiembre no tengo que acudir a la escuela, estos días he estado tratando de matar el gusanillo buceando por la página del CGPJ. Entre otras cosas, descubrí la interesante y desoladora V Encuesta a la Carrera Judicial, en la que se pide la opinión de jueces y magistrados sobre muy diversos asuntos relacionados con el desempeño de su cargo. Entre otros datos, dos me han llamado mucho la atención: el 59% de los encuestados que respondieron el cuestionario afirma estar muy o bastante satisfecho de su trabajo como juez (en 1999 lo decía el 80%) y el 65% está poco, muy poco o nada satisfecho con la consideración social de su trabajo (en 1999 el porcentaje era del 45%). Me parece que ambos resultados son muy ejemplificativos del sentir mayoritario de los jueces, que consideran que, pese a la ingente carga de trabajo a la que hacen frente, son tratados injustamente por la opinión pública.

Esta mañana me acordaba de esta encuesta al leer en el diario El país un artículo titulado "Bermúdez arrebata el Faisán a los magistrados que lo alentaron". El titular ya es bastante significativo, pero si revisamos el artículo en profundidad, podemos leer que la Sección Segunda de la Audiencia Nacional, en contra del criterio del fiscal, "dio alas al caso"; que el juez instructor del caso, Pablo Ruz, es "progresista"; que dentro de esa Sección Segunda, un magistrado es progresista y otros tres conservadores (uno de ellos, "polémico" y "eterno candidato del PP al Tribunal Constitucional"). Además, se da cuenta de la relevancia política que tiene este caso, teniendo en cuenta que el PP lo utiliza como arma arrojadiza contra el candidato socialista a las próximas elecciones, Alfredo Pérez Rubalcaba.

Leyendo artículos como este, no es de extrañar la pésima imagen que la judicatura tiene en la opinión pública española. Al final, todo parece quedar reducido a la supuesta filiación ideológica de los magistrados, y la tarea de administrar justicia no pasa de mero cambalache entre amiguetes. En la noticia solo se dice que la decisión de que sobre el caso Faisán conozca el Pleno de la Sala de lo Penal de la AN, y no su Sección Segunda, obedece a "su complejidad". Y punto. Luego, claro, tenemos cinco párrafos que desmenuzan minuciosamente quién es de quién y a quién quiere servir, por lo que es fácil intuir que, en el fondo, se trata de un choque de fuerzas que obedece a motivaciones políticas.

jueves, 21 de julio de 2011

Mi camino de Santiago (y 5)

Las Finales de la NBA en el camino.- Si os acordais, el año pasado tuve un gran disgusto cuando, a causa del examen, me perdí una final de la NBA a siete partidos entre Lakers y Celtics; más todavía si tenemos en cuenta que acabé suspendiendo, claro. Como justo resarcimiento, este año los dioses hicieron coincidir el inicio de los play offs con mi aprobado, por lo que durante semanas viví según el horario estadounidense (costa este). Sin embargo, no contaba con que, al tiempo de empezar el camino, todavía no se habían disputado las finales de conferencia (semifinales, para entendernos) y probablemente me perdería varios encuentros de las Finales. ¿Qué hacer?

Por suerte, existe el iPlus, un gran regalo de los tiempos modernos (regalo en todos los sentidos, ya que lo tiene mi hermana y, por ende, yo no lo pago); decidí que lo mejor era grabarme todos los partidos por jugar y verlos seguidos al volver a casa, como esos freaks que veían una temporada entera de Perdidos en un fin de semana. El único problema, el obvio: tendría que evitar por todos los medios enterarme de la marcha de la competición. Esto era relativamente sencillo, ya que una vez eliminados los Lakers de Gasol, los medios españoles prestarían poca atención a la NBA. Por otra parte, recibo diariamente en mi correo electrónico boletines informativos de la NBA, por lo que también tenía que ser cuidadoso con eso. Las pocas veces que me conecté a internet solucioné este problema poniendo una revista en la pantalla y borrando los mensajes procedentes de NBA.com; en una de esas ocasiones tenía al lado a un hombre en otro ordenador, así que supongo que pensaría que lo que trataba de hacer era ocultar pornografía o algo por el estilo...

Como se ve, lo tenía todo bien pensado, pero, como siempre pasa en la vida, hay cosas que uno no puede controlar: ¿quién iba a pensar que me haría amigo de un cubano de Miami seguidor de los Heat? Lo curioso es que, al principio, él no sabía que Miami se había clasificado para la final de conferencia, ya que un canadiense le había dado mal todos los resultados. Como contrapartida por la información, le exigí que, en adelante, no me dijese nada de los partidos, porque los quería ver a la vuelta. Aunque a veces me tentaba, cumplió estrictamente con mi deseo, si bien su cara de satisfacción hacia presagiar un triste futuro para los Bulls de Derrick Rose, rivales de Miami (como así fue). A medida que pasaban los días y le veía trastear con el iPhone, mi incertidumbre iba en aumento: ¿quién demonios estaría jugando la final?

Como dije antes, en la vida hay cosas que no podemos controlar. En una de las últimas etapas de la travesía, paramos a comer pulpo en Melide; mientras nos poníamos las botas, recibí una llamada de un amigo y salí fuera del restaurante a hablar. Tras ponernos al día de varias cosas, le dije: "oye, te dejo que si no el de Miami se come todo el pulpo", a lo que él contestó: "ah, pues dile que Miami y Dallas van empatados a dos en la final". ¿¡Por qué!? Treinta días concienzudamente dedicado a no saber nada y me tuve que enterar por un comentario casual de última hora... Ya con las defensas bajas, al día siguiente me enteré de que Dallas había ganado el quinto partido, por lo que lo único que pude ver sin saber el resultado fue el sexto partido, en el que los texanos se llevaron el campeonato. La verdad es que no salió como yo esperaba (el próximo año veré las Finales... si es que hay temporada), pero al menos el gran Jason Kidd ya tiene su anillo.



El final.- Normalmente, uno no aprecia lo que tiene hasta que lo pierde. Cuando vamos al instituto o a la universidad, estamos deseando acabarlos, pero una vez que nos graduamos, ¡los echamos tanto de menos! Como en todo, el recuerdo del pasado se idealiza, olvidando las cosas malas y magnificando las buenas; aún así, hay una verdad esencial, y es que pasamos buenos momentos que no nos importaría volver a vivir. En el camino, por el contrario, yo tenía una sensación contradictoria: por una parte, quería acabar de una vez, jubilar las botas y la mochila y dormir a cuerpo de rey en mi cama, con mi almohada y sin ronquidos ni olores ajenos; pero, por otra parte, sabía que dentro de un tiempo añoraría esos días de largas caminatas, esa sensación de quedar suspendido en un tiempo inamovible.

Mientras que la primera semana se me hizo larga, el resto pasaron volando. Los últimos días estaban teñidos por un presagio permanente de nostalgia, ante la inminencia del fin. A medida que veías que la distancia hasta Santiago era menor te entraba ese sabor agridulce al que me refería, pero sin embargo, al entrar a Santiago, lo olvidas todo y simplemente esperas impaciente el momento en que la Catedral aparezca ante ti. Es como cuando faltan solo unos minutos para que suenen las campanadas de Nochevieja y estás preparado ante el televisor, con las doce uvas y el cava, tenso ante la espera. Personalmente, una vez que llegué a la plaza del Obradoiro no tuve tiempo de pensar en nada: entre la alegría, las fotos, los abrazos, las llamadas de teléfono de rigor y todo el jaleo de personas, lo único que haces es disfrutar el momento. Yo pensé más en toda la travesía al día siguiente, cuando fuimos a Finisterre. Viendo ese maravilloso paisaje sí que recuerdas los caminos de arena por los que has andado, la sed que has pasado bajo el sol de Castilla, todos los pueblos y personas con los que te has encontrado... y piensas que, al fin y al cabo, ha valido la pena.

Volver del camino se hace duro. Como dije en una entrada anterior, al final te acabas acostumbrando a una rutina, a hacer ciertas cosas y ver a determinada gente. Recuerdo que, al volver de la Catedral y alojarnos en una pensión, empecé a vaciar la mochila, como hacía cada día: poner el saco encima de la cama, coger el neceser y la toalla para ducharme, sacar la ropa limpia... pero de repente me di cuenta de que ya no estaba en un albergue y que, al día siguiente, ya no había una etapa que recorrer. En cierta medida, puedo decir que me sentí vacío. Pero bueno, eso va pasando con los días, cuando vuelves a reincorporarte a tu vida normal, aunque sigue habiendo ciertas cosas que te recuerdan al camino.

¿Haré otra vez el camino de Santiago? Mucha gente se lo pregunta, y aunque los hay que repiten varias veces, yo creo que solo lo volvería a hacer si se tratase de una ocasión muy especial. Yo me lo pasé muy bien, pero supongo que en eso influyeron causas muy diversas y concretas del momento: viajar después de tanto tiempo estudiando, conocer a gente con la que te llevas bien, no tener ni una sola ampolla en los pies (los demás peregrinos me odiaban por esto...). Pienso que si lo volviese a hacer quizá me decepcionaría, así que por ahora solo tengo proyectado caminar el trayecto Saint-Jean-Pied-de-Port/Pamplona, que no pude hacer por falta de tiempo. Además, con la de cosas que me quedan por hacer, como para repetir a la primera de cambio.

La mayoría de gente afirma haber cambiado después de hacer el camino. Se sienten distintos, con ganas de hacer cosas, menos materialistas, más conscientes de lo que en realidad importa... Supongo que es verdad, por lo menos inmediatamente después de acabar; lo que hace tan difícil que una persona cambie es que no basta con las buenas intenciones, sino que hay que ser constante en ellas. A mí hay gente que me dice que el camino me ha cambiado, pero nuevamente, creo que mi caso es un tanto atípico. No sé si me ha cambiado el camino, pero lo que sí lo ha hecho es el aprobado: desde entonces he hecho cosas que antes no hacía, pero no porque no quisiese, sino porque no podía. Y espero poder hacer muchas más. Os aseguro que, por liberador que sea desprenderse de una mochila llena de ropa, mucho más pesada es la carga de la oposición.




[Estas entradas están dedicadas a Chris, Facu y Javi, compañeros de camino, risas y sabrosas cenas.]

viernes, 15 de julio de 2011

Mi camino de Santiago (4)

El ambiente peregrino.- Si algo distingue al camino de Santiago de otras experiencias aventureras/turísticas, es el llamado ambiente peregrino. Aunque el camino está lleno de personas muy distintas (no pocas de ellas son únicas), entre todas acaba creándose un lazo de solidaridad que da el sufrir las mismas incomodidades y penurias que los demás. Con el paso de los días, acabas hablando con casi todo el mundo y, con independencia de que los demás te caigan bien o mal, no puedes menos que admitir que lo que hacen tiene su mérito.

La convivencia con los peregrinos es parecida a la de los pasajeros del metro. Cuando uno coge el metro para ir a trabajar o estudiar, siempre se encuentra con las mismas personas, pero si lo coge cinco minutos antes o después, ya no ve a ninguno de los habituales. En el camino pasa lo mismo: antes o después, en el albergue o en el pueblo, acabas viendo a la misma gente, pero si alguien hace cinco kilómetros más o menos algún día, es muy probable que ya no vuelvas a verlo más. La única diferencia entre el metro y el camino es que en el metro nadie habla entre sí, y en el camino lo más fácil y cómodo es hablar con los demás; de hecho, y a diferencia del metro, si no hablas con nadie eres un raro y la gente empieza a desconfiar de ti. Si hablas demasiado pasas a entrar en la categoría ya mencionada de los pesaos, pero todos sabemos que, por naturaleza, el pesao no solo no sabe que lo es, sino que cree que todo el mundo le adora.

Como es tanta la gente que ves al cabo de los días, en la mayoría de los casos ni siquiera le preguntas el nombre a la gente, sino que los identificas o por su lugar de origen, o por algún rasgo externo. Así, por ejemplo, uno habla de "los de Zaragoza", "el cántabro", "los australianos", "los chinos" (aquí se engloba a cualquier persona de rasgos asiáticos); o bien "el militar", "el poli local de Madrid", "el calvo de las melenas" o "el vikingo". Dada la sucesión de personas, el mismo nombre puede servir para referirse a personas distintas; por ejemplo, las primeras semanas hablábamos de "la canadiense" para referirnos a una chica Quebec, pero como esta desapareció, la etiqueta de "la canadiense" se la pusimos a otra chica de Ontario. Lo mismo pasó con "las catalanas" (unas de Manresa, otras de Barcelona) o "el finlandés" (uno gordo, otro flaco, pero ambos roncadores de primera). En otras ocasiones, convives simultáneamene con dos o más personas de un mismo lugar, por lo que tienes que acudir a otros epítetos para distinguirlas; eso nos pasó con dos alemanas (Alemania ha dado mucho juego en el camino), pero me reservo el adjetivo con el que distinguíamos a una de otra...

El camino es una gran cantera de iluminados, místicos, neo-hippies y hippies a la vieja usanza, profesionales del reikki, trotamundos, mendicantes aprovechados y cuantos otros personajes exóticos y pintorescos podáis imaginar. Por lo general no molestan demasiado, por lo que contribuyen a dar un toque diferente al ambiente general, que es lo que en definitiva buscan. Por ejemplo, había un chico que hacía el camino sin camiseta: ¿por qué hacerlo si no es para llamar la atención? Además, si en cualquier momento quieres desprenderte de algo, ya sea comida o ropa de sobra, siempre puedes acudir a ellos: nunca te dirán que no. También encuentras personas entrañables, de esas que te alegran el día nada más verlas. Ese fue el caso de "el navarro", un prejubilado que hacía el camino para no estar sentado todo el día en el sofá de casa, y que por la noche tenía la costumbre de beberse una botella de vino. Así de alegre, hablábamos con él cada noche, cinco o diez minutos, y era realmente cómico. A cinco días de acabar el camino lo perdimos, y aunque lo buscamos por los pueblos (básicamente por los bares) no dimos con él; cuando ya creíamos que no lo volveríamos a ver, nos lo encontramos en Santiago, a dos calles de la Catedral, y pudimos hacernos una foto con él.

Una de las cosas que más me ha sorprendido es la cantidad de personas, y especialmente chicas jóvenes y extranjeras, que hacen solas el camino. En principio, hacer solo el camino no es ningún problema, porque no tardas ni cinco minutos en ponerte a hablar con alguien. Quienes caminan solos adoptan, a su vez, dos comportamientos distintos: o bien se buscan un grupo con el que caminar, o bien van cambiando de compañía cada día. En mi caso, como dije, empecé el camino con un amigo de la universidad, pero a las pocas etapas nos juntamos con dos chicos más, uno argentino y otro cubano-americano, con los que hicimos la mayor parte del camino. Aunque todo tiene cosas buenas y malas, creo que una de las razones por las que he disfrutado tanto del camino es precisamente porque, por una parte, formamos un grupo pequeño y compacto, y por otra, nos relacionábamos con el resto de personas. Aunque estábamos muy unidos, o precisamente por eso, teníamos una gran libertad: cada uno caminaba al ritmo que podía, se paraba cuando quería y no hacía falta estar hablando todo el rato.


El amor en el camino.- Venga, lo sé, lo estabais esperando... Pese a su apariencia santa, el camino de Santiago ofrece múltiples posibilidades para el amor, en sus más variadas manifestaciones (aunque especialmente en una de ellas). Es comprensible: mucha gente sola, rodeada de personas desconocidas y en un ambiente de compañerismo, es un buen caldo de cultivo para ligar o al menos intentarlo. Aunque se pueda pensar que esto vale solo para los jóvenes, lo cierto es que también personas adultas/maduras aprovechan el camino para pescar algo.

Para no prolongar más el misterio, diré que, en mi caso, no hubo mucho que hacer. No sé si lo he dicho ya, pero todos los jóvenes del camino eran extranjeros e, invariablemente, solo hablaban en inglés. Mi dominio del inglés es bastante escaso, por lo que mis posibilidades de flirteo estaban bastante limitadas. O bueno, al menos eso es lo que quiero creer: es mejor pensar que no se liga por culpa del idioma que por culpa de uno mismo.

Como he dicho, en el camino uno encuentra de todo. Los hay que solo buscan compañía de una noche y otros que se convierten en auténticos matrimonios; este último fue el caso de una alemana y un coreano, pareja extraña donde las hubiese, que prácticamente andaban cogidos de la mano. Los problemas empezaban cuando uno buscaba una cosa y otro, la contraria: el camino también da para culebrones de los buenos... El marujeo es otro de los atractivos del camino; en esas tardes inacabables después de andar, nunca estaba de más cotillear acerca de los demás: "¿has visto qué juntos que están últimamente esos dos?" "Sí, sí, y eso que ella tiene novio en Francia" "¡Ah, pero si es en el extranjero no cuenta!" Para evitar estas cosas, había gente que, oportunamente, desaparecían de golpe y ya no volvías a verla nunca más: qué casualidad. Sé que os estaréis preguntando por las cuestiones logísticas y, bueno, puedo deciros que, además de albergues, también había pensiones u hostales; es más, puedo decir que, además de albergues, pensiones y hostales, también había lavabos y duchas... No es muy romántico, pero es lo que hay.

sábado, 9 de julio de 2011

Mi camino de Santiago (3)

Los albergues.- Una de mis grandes preocupaciones antes de empezar el camino era el "tema albergues". Uno se pregunta: ¿dónde voy a dormir los treinta días siguientes? ¿Realmente serán tan cochambrosos como me imagino? ¿Habrá ratas, chinches, polillas? ¿Los baños serán infectos? En fin, lo típico. Hay un dicho repetido en muchos albergues: "el turista exige, el peregrino agradece". Es una buena idea seguir este principio; cuanto más te conformes con lo que tienes y agradezcas tener un techo bajo el que dormir, mejor. Creedme: con el paso del tiempo, te acostumbras a cualquier cosa.

En honor a la verdad, los albergues, por lo general, están mejor de lo que yo esperaba. Yo salí de casa con la idea de que mi piel no rozase lo más mínimo el colchón en el que durmiese; de hecho, hasta me llevé mi propia funda de almohada. En la mayoría de sitios, sin embargo, te dan una sábana de usar y tirar, para poner debajo del saco de dormir, y en algunos hasta una funda de almohada. No he dormido en ningún sitio que me haya provocado irrefrenables ganas de rascar todo mi cuerpo, ni que haya levantado mis sospechas sobre la salubridad del lugar. Puede que si hubiese enfocado los colchones con las típicas linternas made in CSI hubiese encontrado manchas inconfesables... pero lo cierto es que a simple vista todo parecía correcto. Además de un colchón, el albergue te proporciona duchas, baños y, por lo general, una cocina donde poder hacerte la comida. En la cocina suele haber utensilios de todo tipo a disposición de los peregrinos, con el sobreentendido de que quien los utiliza, los lava. Este es un aspecto clave de la convivencia peregrina: identificar a quienes intentan escaquearse de fregar. Uno de los primeros días, inexpertos como éramos, nos pudo la inocencia (y la libido). Una alemana nos ofreció con la mejor de sus sonrisas una olla con los macarrones que le habían sobrado; a nosotros los macarrones nos importaban un pimiento, pero por supuesto agradecimos su ofrecimiento con la mejor de las disposiciones: "Of course! Macarrones! Delicious!" Después de nuestra euforia inicial por haber complacido a la sonriente alemana, caímos en la cuenta: ahora nosotros teníamos la olla y, por lo tanto, nosotros la teníamos que lavar. A partir de ese día, ya nunca aceptamos ollas o sartenes de otros, por muy guapas y sonrientes que fuesen quienes las ofreciesen...

Hay dos clases de albergues: públicos y privados. Los primeros son conventos, o locales municipales o de la Xunta de Galicia; los segundos son propiedad de particulares, y por lo general son más pequeños y un poco más caros (uno o dos euros más). Tanto en unos como en otros, los hospitaleros suelen ser gente amable, lo cual tiene especial mérito en el caso de los voluntarios; quizá sea porque, para ser hospitalero, es necesario, entre otros requisitos, haber hecho el camino de Santiago. Si alguien va a peregrinar, que sepa que los mejores albergues de todo el camino, y con diferencia, son los de Santo Domingo de la Calzada y Burgos (que, además, son públicos).


Espiritualidad vs capitalismo.- A lo largo del camino de Santiago coexisten dos fuerzas de distinta naturaleza. Una es la que podemos llamar espiritual: el tiempo para pensar en uno mismo y en su vida; las iglesias y otros lugares sacros que salpican el territorio español; el patrimonio artístico-religioso, etc. Otra, bien distinta, es la del marketing peregrino: conchas, camisetas, bastones, gorras y cuantos objetos estravagantes y perfectamente inútiles pueda uno imaginar. Esta mezcla, habitual en cualquier faceta de nuestra vida diaria, es especialmente contradictoria en el camino, ya que es ahí donde uno se da cuenta de lo inservibles o irrelevantes que son la mayoría de objetos por los que habitualmente suspiramos. Yo, por ejemplo, he estuve treinta días sin ver la televisión y no me pasó nada; solo me conecté dos días a internet (y por cuestiones burocráticas) y, por difícil que sea de creer, en ningún momento tuve la sensación de que mi vida estuviese vacía...


Los turigrinos.- Turigrinos: dícese de aquellas personas que afirman haber hecho el camino de Santiago porque han caminado los últimos cien kilómetros a Santiago y han recibido la Compostela. Se caracterizan por ser en su mayoría españoles, ir con la mochila vacía, no respetar las normas de los albergues, creer que están de turismo en la playa y decirte cosas del estilo de "¡cómo nos los curramos, eh!", aunque tú hayas andado 700 km y ellos 70... Sí, exacto: los peregrinos de verdad odian a los turigrinos. Los turigrinos empiezan su recorrido en Sarria, para no hacer más de 100 km, y eso tiene su reflejo en los albergues; solo a partir de Sarria he visto albergues con pintadas en los lavabos y en las camas. Según parece, el impacto turigrino es mucho mayor en verano, cuando las camas en los albergues escasean y no son pocos los peregrinos que se quedan en la calle por culpa de aquellos.

Obviamente, hay turigrinos perfectamente respetables; si uno no puede disponer de más días, no hay nada malo en peregrinar solo durante una semana. En cualquier caso, de lo que se trata es de saber qué se está haciendo, comportarse como es debido y respetar a los demás. Amén.

lunes, 27 de junio de 2011

Mi camino de Santiago (2)

¿Por qué haces el camino de Santiago?.- Cuando uno viaja a Roma, Cancún, Sidney o cualquier otro destino turístico, nadie se pregunta por qué lo haces: la respuesta es evidente. Sin embargo, se da por supuesto que quien hace el camino de Santiago está movido por un poderoso e irrefrenable impulso. ¿Por qué caminar 100, 300 o 700 kilómetros si no es por una buena razón? Así, tras la imagen de un peregrino sudoroso, que camina cargado con la mochila bajo un sol abrasador, imaginamos a un ser inmerso en una búsqueda religioso-espiritual.

Lo cierto es que las razones por las que la gente decide hacer el camino de Santiago son muy variadas. Algunos lo hacen porque es una forma de pasar el tiempo libre: es el caso de jubilados, prejubilados y parados sin demasiadas responsabilidades. Otros deciden caminar porque leyeron un libro de Paulo Coelho o porque vieron The way, en la que Martin Sheen lleva hasta Santiago las cenizas de su hijo muerto. También los hay que caminan para acompañar (léase vigilar) a su pareja, aunque son más aquellos que acaban de salir (por lo general en contra de su voluntad) de una relación sentimental. Otros intentas averiguar el secreto de la vida, conocerse a sí mismos u olvidar los problemas del día a día. Yo, simplemente, quería irme de vacaciones.

Los motivos de la peregrinación son importantes a la hora de obtener la famosa "Compostela". Antes de dártela, has de rellenar un formulario de varias preguntas, a efectos estadísticos, relativas a tu nombre, apellidos, ocupación... incluidos los motivos de tu peregrinación, que pueden ser religiosos, no religiosos o "religiosos y otros". En mi hoja, quienes habían contestado previamente (unas veinte personas) habían afirmado, unánimemente, peregrinar por morivos "religiosos y otros". Sentí enormemente disentir, pero marqué la casilla de no religiosos. Al revisar el formulario, la chica que me atendió me dijo, en tono de confidencia:

- Si marcas "no religiosos", no puedo darte la Compostela; tendré que darte una certificación distinta y más fea. ¿Quieres marcar "religiosos y otros"?
- Pero... va a ser mentira...
- Bueno... yo solo digo que si lo cambias te doy la Compostela.

Así que nada: tengo la Compostela en mi casa...

Desde que vi The wire, sé que no se puede confiar en las estadísticas. Ya lo dijo alguien: la estadística es la ciencia que dice que, si mi vecino tiene dos coches y yo no tengo ninguno, ambos tenemos un coche".


La España profunda.-
Durante el peregrinaje, he visitado sitios de lo más variado. Algunos eran grandes ciudades, capitales de provincia como Pamplona, Logroño, Burgos o León. Otros eran ciudades medianas, que no llegaban a capital pero se enorgullecían de su pasado, como Astorga o Estella. En una tercera categoría se pueden incluir los pueblos pequeños pero encantadores, en los que pasear era una delicia; es el caso de lugares como Atapuerca, Villafranca del Bierzo, Nájera o Portomarín. Y por último, están los puebluchos de mala muerta en los que no había absolutamente nada que hacer ni ver, solo dormir; omitiré sus nombres...

Con independencia de las bondades de unos y de otros, lo cierto es que, casi sin excepciones, la gente suele ser amable y atenta con los peregrinos. No solo quienes viven de eso (hospitaleros, camareros, vendedores ambulantes...), sino los habitantes de esos lugares en general. No era raro que te saludasen o diesen ánimos durante la travesía, y siempre se mostraban dispuestos a indicarte la dirección a seguir. En Burgos, incluso, una mujer a la que preguntamos cómo ir a la Catedral se mostró dispuesta a llevarnos ella misma en su coche. Me entra la risa cuando trato de imaginar a alguien en Barcelona ofreciendo su coche a dos mochileros barbudos y sudorosos...

Como es de imaginar, pasar por todos esos lugares también te permite conocer a más de un ejemplar de la fauna carpetovetónica española. Son varias las personas que me vienen a la mente, pero nunca olvidaré a un hombre (muy simpático, todo hay que decirlo) que tenía dos perros a los que llamaba (¿casualidad?) Franco y Tejero. Esto me recordó a una secuencia de La vida es bella, cuando el personaje de Roberto Benigni pregunta a un hombre cómo piensa políticamente, y en ese momento éste llama a sus hijos: "¡Adolfo! ¡Benito!" Si no lo veo, no lo creo...