jueves 16 de julio de 2009

"Los ejércitos de la noche", de Norman Mailer

Aunque me tienta escribir sobre las anchoas y la pastuqui, mejor continuemos con las reseñas. Nunca me han gustado las manifestaciones; de hecho, no he ido a ninguna, a menos que contemos como tal la concentración silenciosa ante el ayuntamiento de Pineda de Mar en homenaje a las víctimas del 11-M. Me repelen las manifestaciones, ante todo, porque las aglomeraciones me agobian, ya sean para hacer reivindicaciones o para comprar en las rebajas. Además, no tengo ese fulgor revolucionario y antisistema propio del buen manifestante, ni me gusta que me identifiquen con personas con las que sólo comparto la provisional proximidad de la manifestación. Mi acto colectivo más rebelde fue una sentada en el Departamento de Educación de la Generalitat para exigir que arreglasen de la calefacción del instituto…

Con todo, Los ejércitos de la noche de Norman Mailer, centrado en la Marcha pacifista sobre el Pentágono de 1967, me ha gustado mucho. No soy el único: el libro, que nació de un encargo por parte de una revista, ganó en su día el Premio Pulitzer y el National Book Award. Mailer estructuró la obra en dos partes. En la primera de ellas, en forma novelada, relata la experiencia del protagonista, el propio Norman Mailer, desde que es invitado a participar en los actos de protesta hasta que es puesto en libertad, tras haber provocado su propia detención. Mailer cuenta la participación en los hechos de otros intelectuales de primer orden, como el poeta Robert Lowell o el lingüista Noam Chomsky, y lo hace sin huir de la autocrítica; así, por ejemplo, confiesa en reiteradas ocasiones que una de sus preocupaciones ante su inminente detención era si sería liberado a tiempo de poder regresar a Nueva York y asistir a una fiesta. En la segunda parte Mailer adopta el tono del historiador-cronista para explicar la génesis de la Marcha, su desarrollo, la represión contra los manifestantes y las consecuencias políticas y sociales de la misma (aunque con las limitaciones propias de la inmediatez temporal con la que escribió el libro). Me ha parecido de especial interés las explicaciones sobre la división de la izquierda y las dificultades para convocar una protesta que pudiese aglutinar a los diferentes sectores opuestos a la guerra de Vietnam, desde los pacifistas hasta los partidarios de los disturbios y la desobediencia civil.

Al tiempo de participar en la marcha, Mailer ya era un reputado opositor a la política estadounidense en el sudeste asiático. Poco antes había escrito la novela ¿Por qué estamos en Vietnam?, que había sido vapuleada por la mayor parte de los críticos; aunque fue uno de los mejores periodistas de Estados Unidos, eran constantes sus quejas contra el papel sumiso que los medios de comunicación mantenían respecto al gobierno de Lyndon B. Johnson (LBJ, no confundir con LeBron James). Para Mailer la guerra de Vietnam no era sólo una aberración moral, sinó también un error geoestratégico que podía provocar el efecto que se pretendía evitar: la expansión del comunismo por el sudeste asiático. Mailer veía en Vietnam un paso más del totalitarismo en EE.UU.

En este contexto, la Marcha sobre el Pentágono se presentaba como un importante desafío al gobierno de LBJ, especialmente tras los recientes disturbios raciales en distintas ciudades estadounidenses. El plan de los organizadores era devolver (o quemar) las cartillas de reclutamiento de los asistentes y penetrar en el edificio del Pentágono para tratar de paralizar la actividad en su interior; obviamente, ambas cosas estaban penadas por la ley. Pese al rechazo de los medios de comunicación y el fuerte dispositivo de seguridad organizado por el gobierno (que incluía policías, marshals, reservistas de la Guardia Nacional e incluso paracaidistas veteranos de Vietnam), los asistentes tenían sus propios medios: flores, pistolas de agua y un gas especial que, al rociarse sobre los policías, infundiría en estos fuertes dosis de amor, les obligaría a desnudarse y a hacer el amo. Algunos hippies, incluso, habían planeado el exorcismo del Pentágono: tras rodearlo con una cadena humana, el rito exorcista haría que el Pentágono se elevase varias decenas de metros, empezase a dar vueltas y, con ello, se desprendiese de sus mala vibraciones, con lo que se pondría fin a la guerra… Pese a todas estas excentricidades, lo cierto es que los manifestantes son dignos de admiración. Hoy en día, tras casi cuatro décadas, la guerra de Vietnam es mayoritariamente denostada incluso en los propios Estados Unidos, pero no era así en 1967. Pese al gobierno, los medios de comunicación y la opinión pública, una masa heterogénea formada por cuáqueros, pacifistas, defensores de los derechos civiles, comunistas, hippies, activistas negros… se manifestó en contra de la guerra en la que participaba su propio país; en muchos casos se trataba de brillantes estudiantes universitarios, que no dudaron en comprometer su propio futuro. Mailer, en uno de los mejores momentos del libro, compara a estos ejércitos de la noche con los ejércitos que, un centenar de años antes, luchaban por la Unión contra el sur esclavista.

Para acabar, dos apuntes. Uno de los testigos de excepción de la concentración ante el Pentágono fue el por entonces Secretario de Defensa de EE.UU., el recientemente fallecido Robert S. McNamara. De hecho, Mailer cuenta que durante uno de los momentos de máxima represión contra los manifestantes, los paracaidistas cesaron en su actividad al correr el rumor de que McNamara había llegado al Pentágono. Pues bien, aprovecho esta coincidencia para recomendar fervorosamente el documental The fog of war (se puede ver aquí), dirigido por Errol Morris, una larga entrevista en la que McNamara hace un repaso exhaustivo a su vida política y personal, jalonada de conflictos bélicos.

Y por otra parte, quería enviar desde aquí saludos afectuosos a Jorge Herralde y a la editorial Anagrama. Gracias a ellos he podido hacerme con varias obras de Mailer y con la autobiografía de Nabokov, con la que ahora estoy. Más difícil va a ser, sin embargo, que estos libros aguanten enteros un par de años. Aunque soy extremadamente cuidadoso con los libros (casi diría, siguiendo con Nabokov, que los trato con la diligencia que el buen entomólogo aplica a sus mariposas), Los ejércitos de la noche ya se me ha deshecho casi por completo. Peor todavía es el caso de Oswald. Un misterio americano, que ni siquiera he empezado a leer pero cuya tapa se separó casi por completo del fajo de páginas; un poco de superglue evitó la catástrofe… por ahora. Está muy bien editar libros como estos, pero mejor estaría si no se cayesen a pedazos.

jueves 9 de julio de 2009

Más películas sobre Oriente Próximo: "Múnich" y "Vals con Bashir"

No participo, precisamente, de la simpatía a la causa palestina que es casi unánime en España, pero últimamente he visto varias películas que merecerían la desaprobación de cualquier buen sionista. A la ya comentada Paradise now se han unido estos días Múnich y Vals con Bashir, que aunque no dicen cosas buenas del estado israelí difieren en dos aspectos esenciales. El primero de ellos es que, mientras que Paradise now es una historia de palestinos y sobre palestinos, las otras dos son historias sobre israelíes contadas desde la perspectiva israelí; el segundo, que mientras la cinta palestina aborda el conflicto tal y como se presenta en la actualidad, Múnich y Vals con Bashir se aproximan a dos hechos pasados traumáticos para la sociedad israelí: el secuestro y asesinato de atletas hebreos durante los JJ.OO. de Múnich y las matanzas de palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Chatila.

Con Múnich tenía algunas reticencias, pero me ha parecido una muy buena película. A estas alturas Spielberg no tiene nada que demostrar, pero con Múnich acreditó que, además de uno de los mejores directores vivos, es un tipo valiente. Spielberg se ganó el afecto y reconocimiento judío con La lista de Schindler, y ha afirmado en alguna ocasión que sólo estaría dispuesto a dar la vida por EE.UU. y por Israel; sin embargo, nada de ello fue suficiente para ahorrarle las (consabidas y repetidas hasta el aburrimiento) acusaciones de antisemitismo tras el estreno de Múnich. Más misteriosas son, sin embargo, las críticas lanzadas contra la película por los propalestinos…

En Múnich conviven dos tramas. La primera de ellas es la historia del comando israelí encargado de liquidar a los principales responsables del atentado contra los atletas hebreos. Sin ninguna conexión oficial con el Mossad y el Tsahal, el comando israelí, dirigido por el agente Avner, se concierta con una red criminal surgida durante la época de la resistencia francesa para que le informe del paradero de los diferentes terroristas a eliminar. Pero no se trata sólo de descabezar a Septiembre Negro, el grupo terrorista responsable de la masacre, sino de enviar un mensaje tanto al resto de organizaciones palestinas como a la comunidad internacional: Israel no olvida ni perdona. Así, durante meses, “la cólera de Dios” (nombre en clave de la operación) se desata por toda Europa, abatiendo uno a uno a sus objetivos.

La segunda de las historias corre paralela a la primera, ya que es la progresiva transformación del agente Avner, un hombre al que su madre abandonó en un kibutz y que, desde entonces, cree que su madre es Israel, en palabras de su esposa. Al principio de la película, Avner asume sin rechistar la misión, aunque haya de permanecer alejado de su esposa embarazada durante unos años, y ejecuta los atentados como cualquier soldado en una guerra. Pese a que mantiene vivo el recuerdo de la tragedia, Avner no puede sustraerse a lo terrible de su misión y, poco a poco, su ánimo se consume, además de verse invadido por una terrible paranoia en cuanto a su propia seguridad. De vuelta a Israel, Avner es tratado como un héroe, y a la vez repudiado, por lo que ha hecho. Recibe una felicitación oficiosa por un representante del gobierno, “sin condecoraciones ni discursos”, que asegura que la primera ministra Golda Meir estaría encantada de recibirle, pero que no puede hacerlo “porque no le conoce” (ella en persona le encomendó la misión). La madre de Avner también se muestra orgullosa de él, diciéndole que lo que ha hecho era necesario; Avner le pregunta si quiere que le cuente exactamente todo lo que ha hecho, y ella le contesta tajante: “no”.

Múnich se asemeja en cierta medida a Banderas de nuestros padres, ya que muestra la forma en la que el Estado en guerra utiliza al individuo para sus propios intereses y, una vez que ha exprimido todo su jugo, lo abandona a su propia suerte. Es el gobierno israelí quien ordena a Avner que mate, pero lo hace desligándose de toda responsabilidad y conocimiento respecto al mismo. Spielberg condena la actuación israelí no sólo desde un punto de vista humano, sino pragmático: la venganza sólo ha acarreado más muerte y pánico. El último plano de la película, no por casualidad, muestra unas todavía erguidas Torres Gemelas…




Vals con Bashir es una más reciente creación del director israelí Ari Folman, multipremiada en diferentes festivales y nominada al Oscar como mejor película en lengua no inglesa. A medio camino entre la autobiografía y el documental, el rasgo sin duda más original de Vals con Bashir es ser una película de animación, opción que se muestra muy eficaz a la hora de recrear los recuerdos de los protagonistas, dando lugar a poderosas imágenes de tintes oníricos.

La película parte de la investigación que el propio Ari Folman hace de su participación en la guerra del Líbano durante los ochenta, acudiendo para ello a ex combatientes del ejército israelí. Folman no tiene ningún recuerdo de aquella época, por lo que espera que escuchar a otros contar sus vivencias pueda hacer aflorar sus propios recuerdos (y los de los israelíes en su conjunto, añado yo).

En un principio, la guerra del Líbano tenía por objeto que Israel se apoderase de una franja de seguridad en el sur que le pusiese a salvo de los ataques terroristas. Posteriormente la operación se amplía e incluye facilitar el acceso al poder de Bashir Gemayel. Sin embargo, éste fallece en un brutal atentado que acaba con la vida de una veintena de personas. El ejército israelí marcha sobre Beirut y sitio los campamentos de refugiados de Sabra y Chatila para que los falangistas cristianos, seguidores de Bachir, los “limpien de terroristas”. El resultado: en poco más de cuarenta y ocho horas, la venganza falangista se cobra un número indeterminado de víctimas (que va desde 800 hasta 3500 personas). En ningún momento intervienen directamente las tropas israelíes, a pesar de contemplar la masacre.

Me ha sorprendido leer una reseña en la que se califica a Vals con Bashir como una película tendenciosa, que silencia la voz de los palestinos, se centra exclusivamente en la culpa (según él, redimida) de los judíos y se exonera totalmente al ejército israelí. Creo que hemos visto películas diferentes. Vals con Bashir es una película sobre israelís, es cierto, pero me parece igual de legítimo que el caso de Paradise now. Con lo que no estoy de acuerdo es con que se exima de responsabilidad al ejército israelí. Antes de las matanzas, son múltiples las escenas en las que vemos un comportamiento, sino cruel, sí indiferente de los soldados israelíes ante sus posibles víctimas; por ejemplo, cuando circulan en tanque sin preocuparse de los destrozos que causan, o cuando para acabar con un coche de terroristas bombardean una calle sin miramientos. Pero es que, en cuanto a la participación de Israel en las matanzas de Sabra y Chatila, la película es meridianamente clara, partiendo de su título, que deja bien a las claras la alianza con Bashir. En la película se muestra a un Ariel Sharon, por entonces ministro de Defensa, que conoce lo que está pasando y no le importa lo más mínimo; más aún, los seguidores de Bashir acaban con los asesinatos cuando un oficial israelí les da la orden de alto el fuego. No creo que para no ser "tendencioso" haya que quemar una bandera israelí o decir que son como los nazis...

Y hablando de nazis. Otro de los aspectos interesantes de la película es que pone sobre la mesa cómo puede afectar a unos soldados, descendientes de las víctimas de la Shoah, el haber contemplado participado pasivamente en un genocidio. Uno de los personajes entrevistados, un reportero de guerra (no sé si real o ficticio), vincula ambos hechos: las imágenes de los refugiados en los campos le recuerdan a fotografías del gueto de Varsovia.



viernes 3 de julio de 2009

Mis escenas favoritas: "El apartamento"

Creo que es imperdonable que hasta ahora no haya traído El apartamento a esta sección. Podría poner muchas excusas, pero no las hay: lo siento, Billy, ya sabes, estoy muy ocupado... Son demasiadas las cosas que me gustan de esta película, incluidos pequeños detalles, como ver a Baxter decir que se ha tomado cuatro copas aunque sólo levanta tres dedos o el gesto que hace la señorita Kubelik antes de poner en marcha el ascensor (bueno, realmente quien me gusta es la señorita Kubelik). Con todo, hay un momento especialmente mágico.

Por si alguien no lo sabe, Baxter cede a sus superiores su apartamento para que puedan pasar un buen rato con sus respectivas queridas, a cambio de un mayor entusiasmo a la hora de recomendarle para ascender en la empresa. Esto es así hasta que Sheldrake, el jefe de la empresa, se entera de todo y pide a Baxter que le deje su apartamento sólo a él. Baxter lo hace encantado, ya que hacer este tipo de favores al jefe es la mejor manera de lograr rápidos ascensos. Un día le entrega a Sheldrake un espejo de mano que éste se dejó en su apartamento. Ya estaba roto cuando lo encontré, dice Baxter. Sí, es que ella me lo tiró, ya sabe cómo son las mujeres… Lo que no sabe Baxter es que la amante de Sheldrake es la guapa ascensorista de la que él está enamorado, la señorita Kubelik.

Llega la fiesta de navidad de la empresa y Baxter está exultante; ha logrado un ascenso y lo quiere celebrar con la señorita Kubelik, a la que pide su opinión acerca del sombrero que acaba de comprarse. Aunque ella le dice que le queda bien, Baxter no está del todo seguro; ella le deja su espejo y Baxter ve su imagen reflejada… en un espejo roto.

Así de simple. Así de complicado. No sé si fue un hallazgo de Wilder o de I.A.L. Diamond, pero la del espejo roto es sin duda una de mis escenas favoritas. Podían haber utilizado cientos de artimañas de culebrón para hacer que Baxter se enterase de lo de su jefe y la señorita Kubelik: un encuentro casual, una confidencia indiscreta, alguien que escucha cuando no debe… Sin embargo, con el espejo roto conseguían dos cosas: que Baxter se enterase de lo que no se quería enterar y una metáfora que explicase el estado de ánimo de los protagonistas. Ya sé que está roto, dice la señorita Kubelik, así puedo verme tal y como me siento.


viernes 19 de junio de 2009

"Operación Valkiria", de Jesús Hernández

Para poder leer libros sobre determinados temas es necesario esperar, si no un milagro, un centenario o una película. De lo contrario no hay manera. Por eso hay que aprovechar la ocasión cuando algún suceso histórico se pone de moda gracias a un productor de Hollywood. Así lo hice con Termópilas de Paul Cartledge, que estoy convencido que no se habría traducido al castellano de no ser por 300; o con Banderas de nuestras padres, de James Bradley, que sirvió de inspiración a Clint Eastwood en su película sobre Iwo Jima; y así lo acabo de hacer con Operación Valkiria de Jesús Hernández, uno de tantos libros publicados en los últimos tiempos al calor del estreno de Valkyrie, la película de Tom Cruise, y que relatan el atentado cometido contra Hitler en 1944 por un grupo de militares alemanes encabezados por el coronel conde Von Stauffenberg.


Del atentado contra Hitler conocía más bien poco, apenas la mención final que se hace al mismo en Reencuentro de Fred Uhlman. En este sentido, puedo decir que el libro de Jesús Hernández cumple con creces las expectativas, dado su carácter divulgador y su estilo, entre crónica periodística y thriller, que lo hace sumamente ameno (sus trescientas páginas han caído en cinco días). Esto último está especialmente logrado, ya que transmite a la perfección la angustia y el temor que debieron sentir los conspiradores antes y después de cometer el atentado ante las inevitables represalias que sufrirían en caso de fracasar.


La oposición al régimen nazi tuvo más importancia de la que se sospecha, y curiosamente procedía en su mayor parte de sectores conservadores y militares, ya que los grupos de izquierda quedaron prácticamente aniquilados desde el principio. De esta oposición, sin duda la más importante fue la que planeó el atentado del 20 de julio 1944, integrada por militares descontentos con la dirección de la guerra por parte de Hitler. Ante la inminente derrota, los conjurados pretendían matar a Hitler (y, a poder ser, también a Himmler y Goering) y desencadenar un golpe de Estado que les permitiese negociar la paz con los aliados, evitando así la invasión y destrucción de Alemania. Para ello, astutamente, organizaron el “Plan Valikiria”, que formalmente estaba previsto para reprimir disturbios en el interior de Alemania pero que, en realidad, ocultaba las decisiones que, tras la muerte de Hitler, debían conducir a la neutralización de las SS y otros focos de previsible resistencia a los conjurados.


Hitler era un tipo con suerte, de eso no hay duda. Se cuentan unos cuarenta y dos planes para asesinarlo (no todos ellos ejecutados), de los que siempre escapó con vida, ya fuese por la impericia de los traidores o por los designios de la Providencia, que parecía ser su más fiel aliada. Y el 20 de julio de 1944 no fue distinto. El plan de los conjurados era hacer volar por los aires a Hitler durante una de sus reuniones en un búnker de la Guarida del Lobo, utilizando para ello dos explosivos que Stauffenberg ocultaría en su cartera. Sin embargo, no todo salió como estaba previsto, ya que la reunión se celebró en un barracón que, además, tenía las ventanas abiertas (por lo que la potencia de la onda expansiva sería menor, al salir hacia el exterior), y Stauffenberg sólo pudo activar uno de los dos explosivos. Además, la cartera que contenía los explosivos fue movida en el último instante por uno de los militares que asistía a la reunión, situándola tras una de las patas de madera de la mesa, que actuó como escudo protector de Hitler…


Tras el atentado, Von Stauffenberg se trasladó a Berlín, desde donde debía ponerse en marcha el Plan Valkiria y hacer efectiva la toma del poder. Sin embargo, las dudas sobre la muerte de Hitler, la indecisión de los conjurados y la rápida reacción del régimen nazi abortan el golpe de Estado. A las doce horas del estallido de las bombas, Von Stauffenberg y tres de sus más directos colaboradores fueron fusilados por orden del general Fromm, que se había apartado de la conspiración al ver que iba a fracasar y que, de esta manera, pretendía eliminar testigos incómodos y congraciarse con Hitler (la jugada le salió mal y acabó siendo ahorcado).


El 21 de julio, Hitler hizo público un comunicado por radio en el que manifestaba estar en buen estado físico, asegurando haber puesto fin al golpe de “una insignificante camarilla de oficiales ambiciosos, sin honor y de una criminalidad estúpida”, a la vez que lanzaba una clara y sincera amenaza: “esta vez ajustaremos las cuentas como nosotros, los nacionalsocialistas, tenemos costumbre de hacerlo”. Podemos imaginar el terror que recorrería en ese instante el cuerpo de los conjurados… Algunos, conscientes de su destino inminente, prefirieron el suicidio; otros fueron detenidos, torturados por las SS y condenados a muerte en juicios farsa presididos por el siniestro juez Roland Freisler (un antiguo comunista, irónicamente). Incluso el más carismático de los militares alemanes, el general Erwin Rommel, el legendario Zorro del Desierto, se vio obligado a suicidarse para evitar un juicio público y las represalias a su familia. En total, la represalia por el atentado contra Hitler afectó a centenares de personas, muchas de las cuales simplemente eran represaliadas por ser parientes de los conjurados.


Los historiadores consideran que, independientemente de que Hitler hubiese muerto, lo más probable es que el golpe de Estado hubiese fracasado y que el poder hubiese sido tomado por Himmler o Goering. Sin embargo, incluso en este caso, la historia de la II Guerra Mundial hubiese sido distinta, ya que seguramente Alemania se hubiese rendido sin esperar a ser totalmente aniquilada en ambos frentes. Paradójicamente, algunos creen que si hubiese prosperado el golpe ello habría dificultado la instauración de la democracia en Alemania, ya que, por una parte, seguramente los aliados se habrían opuesto a las pretensiones de los conjurados (que incluían conservar los territorios anexionados de Austria y Checoslovaquia); y por otra, hubiese permitido crear una nueva teoría de la “puñalada trapera” que canalizase el victimismo del nacionalismo alemán, como sucedió tras la I Guerra Mundial.


En cualquier caso, creo que es acertado el juicio con el que Jesús Hernández concluye el libro: “Claus Von Stauffenberg, el alma de los conjurados, fracasó en su plan para derribar al dictador, pero alcanzaría una brillante victoria póstuma; hoy, Stauffenberg tiene el honor de contar con una calle en Berlín, mientras que el nombre de los dirigentes de ese régimen criminal que él trató de vencer ha quedado para siempre hundido en la vergüenza y el oprobio”.

martes 16 de junio de 2009

Hacia una justicia menos universal

Hace un mes escribía acerca de los problemas políticos y jurídicos que conlleva la doctrina de la competencia universal de los tribunales españoles para juzgar determinados delitos, pese a lo cual, decía, era difícil que se modificase porque sería visto como un paso atrás en la defensa de los derechos humanos. A día de hoy puedo decir que me equivocaba en lo primero, pero no en lo segundo.

Según parece, el PSOE y el PP están decididos a modificar la LOPJ para limitar la hasta ahora competencia universal de los tribunales españoles en determinadas materias, exigiendo que exista alguna conexión entre España y el delito investigado (que haya víctimas españolas o que el culpable esté en territorio español). Y lo van a hacer a través de la legislación sobre implantación de la oficina judicial, es decir, colando una enmienda muy importante en una ley (políticamente) irrelevante, que es como se hacen las cosas cuando se tiene mala conciencia o no se quiere hablar mucho del tema (para la historia quedará la aprobación de los delitos anti-Ibarretxe a través de una enmienda en el Senado a la ley de arbitraje).

Pues bien, las reacciones a este acuerdo no se han hecho esperar, y ya son varias las voces de quienes, vinculados a organizaciones pro derechos humanos, piden que finalmente no se apruebe la reforma. Me parecen especialmente interesantes dos artículos publicados por La Vanguardia el pasado domingo y que van en esta línea.



domingo 14 de junio de 2009

27

NO VOLVERÉ A SER JOVEN

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Jaime Gil de Biedma


Aunque no soy, ni de lejos, tan pesimista como este poema, sí que puedo decir, parafraseando al inefable doctor House: qué alegría, la Tierra ha dado una vuelta completa alrededor del sol...

miércoles 10 de junio de 2009

¿Lista más votada o mayoría parlamentaria?

La semana pasada me sorprendió ver en La Vanguardia un anuncio escrito íntegramente en italiano, con el sello del consulado de Italia en Barcelona y que hacía referencia a un referéndum. Aprender italiano es uno de mis propósitos post-oposición, pero a día de hoy no domino el idioma de Dante (en contra de la opinión popular, seguida por Millán Astray, el italiano NO es igualito que el castellano), así que tuve que acudir al todopoderoso Google para saber de qué iba la cosa. Según parece, Berlusconi ha impulsado una reforma de la ley electoral que tiene que ser ratificada el próximo 21 de junio, y con la que se pretende frenar la ya tradicional fragmentación parlamentaria, beneficiando a la lista más votada en cada elección.


Desconozco los detalles de esta propuesta, pero viene a coincidir, al menos a primera vista, con lo que desde hace algunos años se reclama también en algunos sectores de la política española; a saber, que se adopten medidas para que la lista más votada en unas elecciones haya de acceder forzosamente a la presidencia, ya sea del gobierno español o de alguno de los autonómicos. Así se ha solicitado como reacción a un conjunto de acuerdos que han permitido a fuerzas políticas que “no habían ganado las elecciones” hacerse con el poder en Cataluña, Galicia, Baleares o, más recientemente, en el País Vasco (también hubiese pasado en Madrid, de no mediar el “tamayazo”, ese oscuro misterio sobre el que parece que nunca se arrojará luz). Pese a todo, y hasta donde yo sé, estas reclamaciones no se han plasmado en ninguna propuesta concreta, si no que más bien irían encaminadas a lograr un pacto de caballeros en virtud del cual se reconozca a la fuerza más votada la posibilidad de formar gobierno.


La idea de vincular los resultados de unas elecciones legislativas al partido político que debe formar gobierno parte, a mi entender, de una confusión de lo que es el sistema parlamentario. Como ya se ha dicho reiteradamente, en España, las elecciones, generales o autonómicas, son elecciones legislativas y tienen por objeto decidir la composición de las asambleas que tienen, como objetivo primordial, la aprobación de las leyes. Sólo indirectamente se influye en la composición del poder ejecutivo, ya que son las cámaras legislativas las que tienen que otorgar su confianza a los candidatos a formar gobierno. Es más, en el caso del gobierno español, la constitución permite que se pueda presentar como candidato a la presidencia a cualquier persona, sea o no diputado, por lo que, al menos formalmente, nada impediría que un partido político ocultase durante la campaña electoral el nombre de la persona que propondría como presidente, e incluso que presentase a una persona distinta de la prometida.


Con todo esto quiero decir que hay que tener presente que parlamento y gobierno son poderes distintos, con funciones variadas y procesos de elección bien diferenciados. Mientras que la legitimidad democrática del parlamento es directa, la del gobierno es indirecta: a los parlamentarios los elige el pueblo, al gobierno los parlamentarios.


Precisamente por esta última razón, se olvida que el gobierno necesita el apoyo del parlamento no sólo para formarse como tal, sino también para ejercer sus funciones durante el período de tiempo constitucionalmente establecido. El parlamento puede hacer cesar al gobierno en cualquier momento, ya sea negándole su confianza, ya sea adoptando una moción de censura; y también puede paralizar su actividad obstaculizando y oponiéndose a sus proyectos de ley. Por eso es imprescindible que el gobierno esté sostenido por una mayoría parlamentaria real, con independencia del número concreto de escaños obtenido por cada fuerza política.


Teniendo en cuenta todo esto, no se me ocurre de qué forma se puede articular una propuesta para que la fuerza más votada tenga la oportunidad de formar gobierno pese a no tener una mayoría parlamentaria. ¿Obligando al resto de grupos a no oponerse a sus propuesta? ¿Impidiendo las mociones de censura? ¿Modificando el sistema político para que el presidente del gobierno sea elegido directamente por los españoles?


Dejando de lado estos problemas técnicos, el sistema actual me parece más adecuado por varias razones. En primer lugar, porque permite una mayor representatividad de la realidad ideológica existente. Si se legislase a favor de la lista más votada, ello conduciría irremediablemente al bipartidismo puro y duro, ya que votar a los partidos minoritarios sería totalmente inútil, al no poder estos incidir de ninguna forma en el gobierno. Y en segundo lugar, porque favorece la “cultura del pacto” entre los partidos, que se ven forzados a llegar a acuerdos con otras fuerzas políticas para poder sacar adelante sus respectivos proyectos. Curiosamente, uno de los argumentos que se esgrimen contra el sistema actual es que da lugar a “pactos entre perdedores” (Artur Mas dixit), a acuerdos que no tienen más objeto que alcanzar el poder sea como sea. Digo que es curioso porque, a día de hoy, no ha sido demostrado que los pactos que celebra la fuerza política más votada sean más honestos o sinceros que los que pueda concluir la segunda más votada. Dejando de lado el caso extremo de Baleares, que era un “todos contra uno”, el resto no son pactos anti natura o, cuando menos, no son más anti natura que los alcanzados por algunas fuerzas mayoritarias; pienso, por ejemplo, en un gobierno vasco del PNV respaldado por la comunista IU o en el gobierno Aznar de 1996, sostenido por los archienemigos de España…


Por último, como siempre que se habla de leyes electorales, debe tenerse en cuenta que cualquier modificación legislativa conlleva importantes consecuencias prácticas (de ahí, por ejemplo, que en Cataluña, treinta años después, todavía no se haya aprobado una ley electoral propia, pese a tener competencias para ello). ¿A quién beneficiaría una reforma de esta naturaleza? Sin duda, a los partidos conservadores, ya que, tradicionalmente, mientras que la derecha suele aglutinarse en un partido de referencia, la izquierda tiende a la fragmentación. Así, el PP es el único partido de referencia de la derecha española, con la salvedad de aquellas comunidades en las que hay partidos nacionalistas; e incluso en estas comunidades, la división entre la izquierda es todavía mayor. De esta forma, las medidas a favor de la lista más votada favorecerían a la derecha, al menos hasta que la inercia llevase a la izquierda a votar en masa a un solo partido.

PD: No me puedo resistir. Anoche, mientras cenaba viendo el telediario de Matías Prats, quedé maravillado con la astucia de algunos medios de comunicación. Informaban de una nueva norma educativa aplicable a los alumnos que suspendan un determinado número de materias (no recuerdo cuántas), los cuales podrán o bien repetir el curso entero, o bien matricularse sólo en las materias suspendidas. Así lo contaban en Antena 3: “la facultad de optar dependerá de la edad del alumno: si es mayor de edad, elegirá él; si es menor de edad, a diferencia del criterio seguido para abortar, decidirán los padres”. ¡Ah, qué sutiles! Las churras y las merinas: casi no me doy ni cuenta…

jueves 4 de junio de 2009

Enhorabuena, lo habéis conseguido

Aunque una de las más horripilantes experiencias cinematográficas que recuerdo fue (intentar) ver El mensajero del futuro, lo cierto es que no odio a Kevin Costner y todavía estoy dispuesto a ver sus películas. Esta semana, casi por casualidad, he visto El último voto, una película interesante y divertida en su primera hora y media pero fallida, por cándida, en su media hora final.

El último voto se presenta como una ácida crítica al panorama político estadounidense: a los partidos políticos, a los medios de comunicación y al electorado. Kevin Costner es Bud, un paleto que no es capaz de conservar su empleo ni de cuidar de su hija de doce años, Molly; lo único que le interesa es la cerveza, porque lo que es la política… ni siquiera está inscrito en el censo electoral. Bueno, al menos hasta ahora, cuando Molly (una experta falsificadora de su firma) le ha inscrito para poder hacer un trabajo sobre las inminentes elecciones presidenciales en EE.UU. Pese a los ruegos de su hija, Bud no acude a votar, y ella, entre idealista y rabiosa, decide votar por él a hurtadillas; pero un error informático hace que ese voto no se emita válidamente…

A partir de ese momento, la vida de Bud cambia por completo. La presidencia estadounidense se decidirá por el resultado del condado en el que vive Bud, y la “casualidad” quiere que haya un empate; puesto que el voto de Bud no fue computado, la ley le permite volver a votar, por lo que, en la práctica, él es quien va a elegir al futuro presidente. El principio “un hombre, un voto” llevado a sus últimas consecuencias. El espectáculo está garantizado: los medios de comunicación de todo el mundo se aglomeran ante la casa de Bud, al más puro estilo paparazzi, y los candidatos presidenciales (junto con su equipo de asesores) se trasladan a su pueblo para intentar obtener su voto, dispuestos a hacer cualquier cosa para conseguirlo…

No hay que ser un lince para descifrar los símbolos de esta película. Bud es un tipo normal y corriente, con una vida que hace aguas, totalmente indiferente al sistema político de su país; sufre las consecuencias prácticas de la política, pero no cree que pueda llegar a solucionarlas mediante el voto. Su hija Molly, por el contrario, es una idealista que cree en la política de verdad y que resume a la perfección la historia de la humanidad: los pueblos pasan de la esclavitud a la libertad; de la libertad a la abundancia; de la abundancia a la complacencia; y de la complacencia a la esclavitud. Los medios de comunicación, ejemplificados en la talentosa Kate, anteponen el espectáculo, la audiencia y la fama a su ética profesional, cediendo ante el todo vale. Y los políticos, ¡ay, los políticos! Su objetivo es conseguir el voto de Bud, y si para eso hay que renegar de los principios, pues se hace. Los republicanos se declaran favorables a los matrimonios gays (a Bud le importa un pimiento lo que dos hombres hagan en su casa), y los demócratas, por su parte, se posicionan frente al aborto porque Bud dice que es pro-vida (cuando lo que él quiere decir es que le gusta estar vivo).





Hasta aquí, como digo, la película es una sátira interesante, pero decae porque da un giro totalmente idealista e imposible de creer: Bud pasa a ser un ciudadano comprometido, Kate renuncia al sensacionalismo y los partidos políticos hacen autocrítica responsable. Algo increíble, repito…

Al principio decía que he visto la película por casualidad, no sólo porque no sabía nada de ella sino porque es curioso que haya coincidido en el tiempo con la cita electoral del próximo domingo. Curioso no, irónico; porque si se compara el final de El último voto con la cruda realidad de la campaña electoral ¿europea? en España es para morirse de risa. Uno ya no espera mucho de los políticos, la verdad, pero el nivel de zafiedad y cutrerío de estos últimos días es de récord. Que al final lo importante, lo único relevante sea el uso que se le da a un Falcon o cuántos guardaespaldas tiene Aznar da buena cuenta del concepto que los políticos tienen del electorado: una panda de gañanes dispuestos a votar al menos malo. Mucho criticar a Berlusconi por poner a tías buenas en las candidaturas, pero la táctica del ventilador de mierda tampoco es que sea de una altura intelectual admirable. Por Dios, que el candidato de ERC ha dicho que la familia de Vidal-Quadras traficaba con esclavos en el siglo XIX... ¡Eso sí que es memoria histórica! Si creen que por empapelarme la calle con el careto de Bush voy a ir corriendo a votarles, pues bueno, lo llevan claro. Nunca he sido tan idealista como Molly, pero sí que creía, como ella, que votar es un deber cívico. Puede que lo siga creyendo, pero tengo menos claro que vaya a cumplirlo este domingo; lo que sí tengo claro es que si voto, será en blanco. Felicidades, ya hay un nuevo “desafecto a la política”.

No desesperemos, no todo es malo. Cada vez queda menos para el histórico acontecimiento planetario. No, no, para ese no; para el de verdad.

sábado 16 de mayo de 2009

Sábado

Hace poco he visto Paradise now, dirigida por el palestino Hany Abu-Assad. La fama la precede: ganadora de un Globo de Oro y nominada al Oscar, es una película polémica, tachada por algunos de antisemita al considerar que justifica el terrorismo.

La película trata de dos jóvenes palestinos, Said y Khaled, que son reclutados para cometer un atentado suicida en Israel. Son muy distintos el uno del otro: mientras Khaled es un fanático, Said parece más bien una persona hastiada de la vida. Durante las que se presumen que van a ser las últimas horas de su vida, sin embargo, van a tener tiempo para enfrentarse a sí mismos y a sus propias ideas, especialmente Said, que conoce a Suha, una joven palestina defensora de los derechos humanos y opuesta a la violencia.

Paradise now es una película honesta en un sentido: muestra única y exclusivamente la versión palestina del conflicto, por lo que no hay una falsa apariencia de ecuanimidad: uno ya sabe a lo que se enfrenta. Todos los personajes son palestinos, y palestinas son también las vivencias que narran la ocupación israelí; eso sí, no hay por ello una visión única de Palestina, sino que son varias las historias que se cuentan. Hay dos momentos especialmente significativos, para mi gusto. El primero de ellos es cuando Khaled está despidiéndose de sus familiares, haciendo una grandilocuente discurso patriótico ante la cámara que le graba. En medio de lo que para él es un momento para la posteridad, sin embargo, observa atónito cómo algunos de los terroristas que le escuchan se ponen a comer y beber, como si estuviesen en el cine o en una obra de teatro… El segundo es cuando Said y Suha entran en un videoclub y ella descubre horrorizada que entre las películas que se venden y alquilan se encuentran los discursos de despedida de los mártires que van a inmolarse y también las “confesiones” de los colaboracionistas que van a ser fusilados. “Las confesiones son las que más éxito tienen, para ser sinceros”, le dice como si nada el dueño del videoclub.

¿Justifica el terrorismo Paradise now? Yo no diría tanto; más bien creo que lo explica, aunque comete un error al querer dar una sola explicación al mismo, a través de un monólogo final de uno de los personajes (que no voy a desvelar, claro). La tesis de Paradise now es que el terrorismo suicida es la consecuencia de la humillación del pueblo palestino a manos de Israel, y que quienes se inmolan no son fanáticos sino personas privadas de su propia dignidad. Como una explicación está bien, pero creer que es “la” explicación me parece ir demasiado lejos. Por lo demás, la película me parece un tanto irreal en lo que se refiere a la propia estructura terrorista. Primero, porque de la película se desprende que los grupos terroristas son una especie de club social a los que uno puede apuntarse un día y borrarse al siguiente; y segundo, porque incluso cuando hay sospechas de traición, los jefes terroristas tratan al presunto traidor como perfectos caballeros.

Con todo, Paradise now es una buena película que invita a la reflexión, en la que los protagonistas no son los dirigentes que gestionan el conflicto sino las personas normales y corrientes que lo sufren.



Lo que no le gusta (a la gente) de mí
(inspirado en Petrarca y S. Dedalus)

1.- Que sea “tan serio”.
2.- Que no baile.
3.- Que no reparta abrazos.
4.- Que ponga la mejilla cuando me dan un beso.
5.- Que tenga tantas manías.
6.- Que me cuenten algo y yo me mantenga inexpresivo.
7.- Que me acuerde de cosas que pasaron hace mucho tiempo y que no tienen importancia.
8.- Que no me guste ir a cenar de tapas.
9.- Que diga “adiós” en lugar de “hasta luego”, “deu” o “nos vemos”.
10.- Que diga que algunas de estas cosas no son verdad y que, las que lo son, no son defectos.



Hace unos días Juan contestaba en su blog a una especie de meme en el que lo importante era ser creativo e imaginarse a uno mismo en las más variadas situaciones (deportivas, culturales, personales, históricas…). Sería muy largo de contestar, pero no puedo resistirme a ponerme en la situación planteada en la primera pregunta: ganar una competición deportiva gracias a lo bueno que uno es. Al principio me había imaginado a la selección ganando el mundial de fútbol gracias a un gol mío, pero he decidido que dejaré que, el año que viene, sea Villa quien tenga el honor de lograrlo…

Así que he pasado a imaginarme como una superestrella del baloncesto que está jugando el que puede ser su último partido como profesional. Y se trata de una final, obviamente. Acabo de encestar, y sumo ya 43 puntos en el partido, pero vamos perdiendo de uno, quedan treinta segundos para que se acabe el juego y ellos tienen la posesión. Hay que defender duro pero sin faltas, nos ha ordenado el entrenador. Si lo logramos, la última bola será nuestra. Será mía. El base rival se la pasa al hombre alto de su equipo, el mejor que tienen; pero yo aparezco por detrás y se la robo. El pabellón enmudece. Quedan diecisiete segundos y si anotamos seremos campeones. Boto con parsimonia, pasando a campo rival; mis compañeros me hacen un aclarado: quieren que yo me la juegue, veo en sus miradas la confianza que tienen en mí. Las miles de personas que abarrotan el campo me gritan e insultan, pero más que odio percibo miedo: éste es el final que no querían ver. Ha sido todo un año de duro trabajo; soy una máquina de producir y ganar dinero; millones de personas en todo el planeta tienen sus ojos fijos en mí. Todo eso es cierto, pero ahora mismo me siento como cuando jugaba en la destartalada pista de baloncesto del barrio: lo único que me importa es ganar por el simple hecho de ganar, de demostrar que soy el mejor. Ha llegado la hora. Quedan diez segundos e inicio la penetración a la zona; mi defensor me sigue, pero cuando inesperadamente me detengo, él resbala: estoy solo. A seis metros del aro, me elevo, apunto y lanzo la pelota. Canasta. Quedan cinco segundos y el equipo rival pide tiempo muerto, pero todos sabemos que hemos ganado. De uno. Gracias a este último tiro; mi último tiro como profesional. The last shot.

Como fantasía, creo que no está nada mal. Imaginaos lo que sintió Jordan al hacerla realidad…


miércoles 13 de mayo de 2009

"El hombre más buscado", de John Le Carré

“E incluso después del 11-S nuestra querida patria era inmune, ¡claro que lo era! Los alemanes podíamos ir desnudos a cualquier sitio. Todavía. Nadie iba a tocarnos por lo maravillosamente alemanes e inmunes que éramos. Sí, vale, habíamos dado acogida a unos cuantos terroristas islámicos, y tres de ellos habían ido y volado las Torres Gemelas y el Pentágono. ¿Y qué? Era lo que habían venido a hacer aquí, y lo habían hecho. Problema resuelto. Habían asestado un golpe al gran Satán en pleno corazón, y a la vez ellos mismos habían perdido la vida. ¡Éramos su plataforma de lanzamiento, por Dios, no su objetivo! ¿Por qué íbamos a preocuparnos? Así que encendimos velas por los pobres americanos. Y rezamos por los pobres americanos. Y les demostramos solidaridad gratis a manos llenas. Pero de más está que os diga que había en este país muchos gilipollas a quienes no les inquietaba demasiado que la fortaleza América recibiera una dosis de su propia medicina, y algunos de esos gilipollas ocupaban cargos bastante altos en Berlín, y siguen ocupándolos. Y cuando llegó la guerra de Irak, y nosotros los buenos alemanes nos quedamos al margen, fuimos aún más inmunes. Pasó lo de Madrid. Vale. Pasó lo de Londres. Vale. Pero en Berlín nada. En Múnich nada. En Hamburgo nada. Joder, tan inmunes éramos que a nosotros no podía pasarnos una cosa así.”

John Le Carré pone estas palabras en boca de Günther Bachmann, el espía alemán que protagoniza la última de sus novelas publicadas, El hombre más buscado, pero podrían haber sido dichas por cualquier alto cargo de los servicios de inteligencia de medio mundo, incluidos los españoles. En España, durante mucho tiempo la doctrina oficial respecto al terrorismo islámico era “observar , escuchar y dejar hacer”; se controlaba a las células durmientes el mayor tiempo posible y se recababa la mayor cantidad de información, con el fin de hacerla servir como moneda de cambio con otros países. Ese el cinismo de los Estados: cada uno tiene sus propias prioridades, y servir a las prioridades de los otros sólo interesa en la medida en que puedan obtenerse sustanciosos réditos. Que nos lo digan a los españoles: en la caída de la cúpula etarra en Bidart mucho tuvo que ver la contratación de empresas francesas para la fabricación del AVE…

Quizá lo más perturbador de las novelas de John Le Carré sea que, cuando uno las lee, no tiene más remedio que plantearse, página a página, qué puede ser verdad y qué no. Le Carré, antiguo espía británico, firma novelas en las que los espías no son, como 007, hombres de acción que sirven al bien y a la reina Isabel, sino que se mueven en un mundo cínico, frío y carente de ideales. En ellas los Estados se sirven de métodos inconfesables para lograr sus propios objetivos, ya sea proteger su seguridad, derrocar gobiernos enemigos o beneficiar a empresas multinacionales a las que se deben unos cuantos favores más inconfesables todavía…

El hombre más buscado se estructura alrededor de tres personajes principales. El primero de ellos es Isa Karpov, un famélico joven de origen checheno, devoto islámico, que acaba de llegar a Hamburgo como inmigrante ilegal, reclamado por las autoridades suecas y que, pese a su juventud, ya es todo un veterano de la vida carcelaria, ya que estuvo preso en Rusia y en Turquía. Pese a su precaria situación, Isa confía en que pronto podrá comenzar en Alemania los estudios de medicina, gracias a la ayuda de Alá… y de Tommy Brue. Brue es un banquero escocés de unos sesenta años, director del Brue Frères, el banco familiar que actualmente opera en Hambrugo. La llegada de Isa no es una buena noticia para él, ya que desentierra lo más oscuro del pasado familiar: las llamadas cuentas Lipizzaner, abiertas por su padre a una serie de delincuentes rusos y bautizadas con el nombre de cierta raza de caballos que nacen oscuros pero que, con el paso del tiempo, se vuelven más blancos que la nieve… Y por último, la tercera en discordia es Annabel Richter, una joven e idealista abogada alemana, dedicada en cuerpo y alma a su trabajo en Asilo Norte, una organización benéfica dedicada a dar cobijo y asistencia legal a los más desfavorecidos.

Partiendo de estos tres protagonistas, Le Carré teje una trama en la que se ven involucrados los servicios secretos de diferentes países, ansiosos en obtener la codiciada presa: Isa Karpov, presunto cabecilla de una red terrorista. Destaca especialmente el mencionado Bachmann, un espía poco ortodoxo que expía sus culpas en el destierro poco lujoso de Hamburgo, y que cree ver en Isa la llave de su rehabilitación profesional. Pero dejémoslo aquí…

En algún sitio he leído que esta novela refleja la compasión de John Le Carré. También le he leído al propio Le Carré, en una autoentrevista, que es una novela que destila ira. Ambos comentarios me parecen acertados, sobre todo el segundo. Ira e impotencia es lo que siente el lector a medida que las personas son tratadas como meras piezas de ajedrez, confrontadas entre sí para ganar una partida que les queda demasiado grande. Hasta quienes se creen que tienen el control de la situación caen víctimas de la trampa que ellos mismos han contribuido a crear. Y al final, la inmundicia se trata de adornar con el brillo de la seguridad: para estar seguros tenemos que ser menos libres, dicen. La pregunta es: quien no es libre, ¿puede sentirse seguro?

jueves 7 de mayo de 2009

REENCUENTRO

Tarde o temprano tenía que volver, aunque sólo sea para negar los rumores según los cuales mi silencio es consecuencia o bien del contagio de la gripe porcina (perdón, de la gripe “nueva”) o bien de un patatús sufrido durante el infausto partido del sábado pasado. Pues bien, ni lo uno ni lo otro: sigo teniendo una salud de hierro, hasta el punto de haber pasado olímpicamente del susodicho partido para irme a correr por la larga y (a esas horas) solitaria playa de Pineda de Mar. Así conseguí que el flato doliese más que los goles culés… Como puede suponerse, la inesperada prolongación de mi ausencia se debe a la más prosaica de las causas: el estudio. Es la misma historia de siempre, así que no hay por qué contarla otra vez.

De entre las noticias de estos últimos días (el culo de Carla Bruni, las piernas de las eurodiputadas de Berlusconi, las tetas de Malena Gracia) me han llamado especialmente la atención dos que podríamos calificar de secundarias, relacionadas con el ámbito jurídico.

La primera de ellas es la decisión del juez Pedraz de investigar posibles crímenes contra la humanidad cometidos por las autoridades chinas en el Tíbet durante marzo de 2008, para lo cual pretende imputar a tres ministros chinos. Esto no es más que la aplicación práctica de la doctrina de la competencia universal, impulsada por Garzón en el proceso a Pinochet y recogida posteriormente en la Ley de enjuiciamiento criminal; según esta doctrina, los tribunales españoles pueden juzgar determinados delitos con independencia del lugar en el que hayan sido cometidos, cualquiera que sea la nacionalidad de los autores o de las víctimas. En fin, una doctrina loable desde un punto de vista humanitario, pero bastante deficitaria desde la perspectiva jurídica (y no digamos ya política). Dejando de lado la inutilidad práctica de actuaciones de este tipo (¿alguien cree que se va a juzgar a esos ministros chinos?), con la doctrina de la justicia universal se corre el riesgo de convertir a la Audiencia Nacional en una plataforma de reivindicaciones políticas. Así se hizo durante la última ofensiva israelí en Gaza o, hace unos cuantos años más, cuando un grupo de personas se querelló contra Fidel Castro, quien es, pura y simplemente, injuzgable, por el mero hecho de ser jefe de un Estado. El propio presidente de la AN, Carlos Dívar, ha declarado que la Audiencia no puede convertirse en justiciera mundial.

¿Debería modificarse la actual legislación? Difícil decir que sí, cuando la lógica impone que no va a ser así. La doctrina de la competencia universal ha sido acogida ya por otros países (si no recuerdo mal, uno de ellos es Bélgica) y rectificar sería interpretado como un paso atrás en la lucha por los derechos humanos. Además, al gobierno español ya le va bien que nuestro país sea un referente en esta materia, siempre que no incordien con asuntos delicados (sí, me estoy refiriendo a Guantánamo). Creo que lo más deseable sería que se impulsase de una vez por todas el Tribunal Penal Internacional y que la persecución de este tipo de delitos se llevase a cabo de forma coordinada por la comunidad internacional, aunque eso suponga (como inevitablemente siempre será) que se castigue a unos hijos de puta pero que (Kissinger dixit) “nuestros” hijos de puta se vayan de rositas…

La segunda de las noticias a las que me refiero es el proceso que se está siguiendo en la Audiencia Provincial de Barcelona como consecuencia de una querella calumniosa presentada en ¡¡¡1994!!! Según parece, varios directivos de Banesto se pusieron de acuerdo con el abogado Rafael Jiménez de Parga y el ínclito juez Lluís Pascual Estevill para coaccionar a una sociedad que tenía impagada una deuda con los primeros, amenazándoles con presentar la querella. Ésta fue finalmente presentada pero los acusados quedaron absueltos, reconociendo el tribunal que la acusación era falsa. Aquél fue uno de los casos por los Pascual Estevill está ahora mismo en prisión.

Dejando de lado el escandaloso hecho de que se juzgue hoy algo que pasó hace catorce años, el del juez Estevill es un caso que no deja de asombrarme: un juez que utilizaba su cargo para coaccionar a empresarios, amenazándoles con la cárcel si no pagaban determinadas cantidades de dinero. ¿Pudo actuar así durante años sin que nadie lo supiese? ¿Los empresarios no contaban lo que les pasaba a otros empresarios, ningún abogado lo comentaba en el Colegio de abogados? ¿Hasta qué punto –y por qué- puede sentirse una persona un “intocable” para actuar de esa manera? El suspense crece si uno tiene en cuenta que Pascual Estevill fue nombrado vocal del CGPJ a iniciativa de CiU, o que el abogado que actuaba de intermediario en sus “transacciones” era Piqué Vidal, abogado defensor de Pujol en el caso Banca Catalana y padre del ex ministro Josep Piqué. No sé, quizá sea un puzle con demasiadas piezas…

lunes 13 de abril de 2009

BOGARDE COMO CATEGORÍA

Hace un tiempo me propuse no escribir ni participar en las absurdas y artificiales polémicas que cada dos por tres surgen en relación a alguna campaña publicitaria; por ahora lo he conseguido. También me propuse no prestar demasiada atención a la prensa deportiva, pero he de reconocer que aquí mi voluntad es más débil, y que voy a caer en la tentación.



Con un poco de retraso, como es habitual en mí, me entero, a través de La libreta de Van Gaal (blog imprescindible para conocer las fechorías de los ¿periodistas? futboleros españoles), de algo más que una simple anécdota o despiste. Según parece, hace unas semanas José Luis Carazo escribió un breve artículo sobre Winston Bogarde, antiguo jugador del Barça, del que decía que no se sabe a ciencia cierta el año de su nacimiento, que se rumorea que fue portero de discoteca en Sabadell y que, ojo, actualmente vive en una comunidad gay de folclóricas. Como es obvio, un artículo de tal magnitud provocó el interés de los internautas, que acabaron por descubrir la privilegiada fuente de Carazo: un artículo de la Inciclopedia. Sí, sí, con "i" en vez de con "e": una web similar a la Wikipedia, sólo que en plan humorístico. Se comprenderá que el cachondeo ha sido de los que hacen época...


Como digo, más que una anécdota, el asunto de Bogarde me parece la categoría por la que se rigen los periódicos deportivos (futboleros) españoles, convertidos en panfletos de forofos. José Luis Carazo (del que ya escribí una vez, cuando el mero transcurso del tiempo le dejó en evidencia) no es un becario, sino el subdirector del diario Sport. Ahora que comprendo mejor cuáles son las fuentes de información de la prensa deportiva, empiezo a temerme que, para el año que viene, Florentino Pérez no fiche a Cristiano Ronaldo, Kaká, Cesc, Xabi Alonso, Maicon, Benzemá, Ribéry, Villa, Silva y otros cracks que ya están "atados"...




Hace poco leí una entrevista a Paco González, director del Carrusel Deportivo de la Cadena SER, en la que decía que en España era viable la existencia de un periódico deportivo neutral y objetivo, pero que quizá no sería tan rentable. De ser así, esto sería más lamentable todavía, ya que querría decir que los lectores prefieren leer basura inventada pero favorable a su equipo antes que información rigurosa. Personalmente no lo puedo entender, y aunque soy del Madrid, me avergüenza que el Barça le meta cuatro goles al Bayern de Munich y, al día siguiente, el Marca saque en portada la rueda de prensa de Guti.


Por otra parte, otra de las cosas que más gracia me hacen de los periodistas futboleros es que enseguida se les llena la boca hablando del deporte como algo gratificante para el ser humano, creador de unión más allá de las diferencias y demás cosas similares con las que estoy de acuerdo. Sin embargo, a la mínima que pueden, lo que buscan es exaltar los ánimos de los aficionados, ya sea contra el equipo rival o contra el árbitro (a veces contra ambos). Ejemplos de "deportividad" y "unión entre aficiones" los podemos encontrar cada semana en las retransmisiones virtuales de los partidos de liga en Marca.com, ya que habilitan un espacio para que los lectores envíen, vía sms, sus "comentarios sobre los partidos". Bien, voy a hacer una selección, sesgada e intencionada pero al azar, de tales "comentarios" que se pudieron leer durante la retransmisión del Real Madrid-Valladolid de ayer:


- madrid cabron saluda al campeonn!!
- Si no fuera x castilla (madrid estaba en castilla) cataluña estaria lleno de moros
- monicamad vete a meterte un dildo por el culo puta de mierda todavia no habeis ganado.
- isaac87 deverian de darte por culo una manada de mamuts por lo qe as dicho a mamarla catalanesssssssssssssssssss sssssssssssssssssssssssssss s
- rubia aficionada ven aki y COMEMELA!!!! asi t estas calladita un rato!!!
- ARRIBA ESPAÑA Y VIVA EL REAL MADRID !!!.... y estos catalanes hijos de putaaa!!!
- vamos madrid!!!!!, los culerdos maricones que se vayan a su casa a ver sus robos, que el madrid jugara peor o mejor pero gana sin trampas no como las nenazas impotentes cules
- Formentero de trabajadores nada qe los únicos trabajadores qe hay por Cataluña son los andaluces qe han emigrado allí y qe han levantado Cataluña qe si fuera por los catalanes
- rubia aficionada ven aki y xupamela un rato anda, q seguro q no tiens ni p... idea d futbol fracasada


Podría seguir, pero quien tenga curiosidad todavía hoy puede buscar más en la web de Marca. ¿Tan difícil sería poner un moderador de comentarios? Ay no, que entonces ganarían menos dinero con los sms... Pues nada, entonces lo mejor será que sigan prestando su web a quienes disfrutan insultando a los demás. Y lo mejor, después de todo, es escuchar a algunos de los periodistas futboleros decir, con incomprensible prepotencia, que quienes se dedican a la prensa rosa son "periodistas entre comillas", como si ellos fuesen a ganar el premio Pulitzer.


En fin, he incumplido mi propósito pero me he desahogado, que es lo que cuenta...

domingo 12 de abril de 2009

MIS ESCENAS FAVORITAS: "LOS MEJORES AÑOS DE NUESTRA VIDA"

Hace tiempo que no escribo sobre cine, así que me parece una buena idea retomar esta "sección" del blog. Hoy acudo a uno de los grandes, William Wyler, quien, dada la semejanza de sus apellidos, tiene la desgracia de ser confundido, en no pocas ocasiones, con el amigo Billy. Pero como digo Wyler es uno de los grandes, aunque sólo sea por Cumbres borrascosas, una película que suelen poner por estas fechas y aquella de la que voy a escribir ahora.

Hace tiempo que no veo Los mejores años de nuestra vida, pero sigo considerándola como una de mis preferidas. Narra la vuelta a casa de tres militares estadounidenses tras el fin de la II Guerra Mundial, con las dificultades personales que ello conlleva, aunque aquí el tema militar es irrelevante: lo mismo podría tratarse de exiliados, emigrantes, viejos y buenos amigos o familiares que hace tiempo que no se ven. Los mejores años de nuestra vida cuenta la imposibilidad de retomar el pasado, de volverlo a vivir cuando las personas ya no son las que eran; en este sentido me recuerda a El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald.

Tres son, como digo, los protagonistas. El primero es Fred Derry (Dana Andrews), que vuelve al hogar y se encuentra sin dinero, sin trabajo (a menos que acepte ser subordinado de un mocoso adolescente en una heladería) y sin novia. El segundo es Al Stephenson (Fredric March), un hombre casado y con unos hijos a los que ya no conoce: cuando se fue eran unos renacuajos, y a su vuelta le preguntan por la radiación de la bomba nuclear y otras cosas de las que nunca había oído hablar. Y el tercero, el personaje más drámatico y en el que más se exteriorizan las heridas de la guerra, es Homer Parrish (Harold Russell), un joven marinero al que tuvieron que amputarle las manos tras el hundimiento del acorazado en el que prestaba servicio. Pese a todo, se muestra en apariencia alegre y optimista, y enseña a todo el que lo quiera ver cómo se enciende una cerilla con dos garfíos... Estos tres protagonistas se conocen al principio de la película, en el viaje de vuelta al hogar, y sus posteriores vidas se entrelazan una vez que llegan a la ciudad.

Voy a ser sincero; la escena que quería poner aquí no es la que he puesto: no la he encontrado en Youtube... La escena en cuestión tiene lugar casi al final de la película. Homer Parrish duda del verdadero amor de su novia, así que quiera ponerla a prueba y le hace una demostración de lo que significa en realidad ser un mutilado. Estando en su habitación, se quita los brazos ortopédicos y le dice que, sin ellos, es como un bebé: no puede abrir la puerta, ni coger un vaso de agua, ni hacerse la cama, ni siquiera ponerse unos pantalones. Es una escena realmente desoladora, ya que por primera vez el espectador se da cuenta de verdad cuál es la vida que le espera a Parrish: la de la dependencia total y absoluta. Para saber si, a pesar de todo, los novios llegan a casarse hay que ver la película...

A falta de esta conmovedora escena, he optado por otra no menos buena. Cuando llegan a la ciudad, los tres militares cogen un taxi, que les va dejando uno a uno en sus casas. La primera parada es la casa de Homer Parrish. Creo que no hacen falta palabras para describir la escena; ni siquiera hace falta saber inglés para llegar a entender lo que sienten los personajes... Al alejarse el taxi con Stephenson y Derry en su interior, uno le dice al otro una demoledora verdad: "la Marina le enseñó a encender una cerilla, pero no a abrazar a su novia".



* La escena a la que me refiero empieza a partir del minuto 3:25, más o menos. Siento no poderla poner directamente, pero es que los chicos de Youtube me lo han puesto difícil con esta película...

domingo 5 de abril de 2009

SPECTRA

"En el bolsillo de la chaqueta tenía un pequeño transistor del que salía el cable de un auricular. Llevaba el auricular puesto en el oído todo el rato y cada dos o tres minutos metía la mano en el bolsillo y movía los diales de la radio. Cada vez que lo hacía, cerraba los ojos y se concentraba, como si se estuviera escuchando mensajes de otra galaxia. Cuando le pregunté qué emisora le gustaba más, me contestó que todas eran iguales.

- No escucho la radio por gusto -me dijo-. Es mi trabajo. Si lo hago bien, puedo saber qué está pasando con los grandes bombazos debajo de la ciudad.

- ¿Los grandes bombazos?


- Las bombas H. Hay docenas de ellas almacenadas en túneles subterráneos y no paran de cambiarlas de sitio para que los rusos no sepan dónde están. Debe haber cientos de emplazamientos diferentes, allá en las profundidades de la ciudad, mucho más abajo que el metro.

- ¿Qué tiene eso que ver con la radio?


- Dan la información en clave. Cada vez que hay una retransmisión en directo en una de las emisoras eso quiere decir que están moviendo los bombazos. Los partidos de béisbol son los mejores indicadores. Si los Mets ganan cinco a dos, eso quiere decir que los están poniendo en la posición cincuenta y dos. Si pierden seis a uno, es la posición dieciséis. En realidad es bastante simple una vez que le coges en tranquillo.

- ¿Y qué pasa si juegan los Yankees?


- El equipo que juegue en Nueva York, ése es en el que hay que fijarse. Nunca están en la ciudad en el mismo día. Cuando los Mets juegan en Nueva York, los Yankees están de viaje y viceversa."

Sirva este extracto de El palacio de la Luna de Paul Auster, como homenaje para quienes se han reunido estos últimos días en Valencia para asistir a Spectra, el II Simposio mundial sobre teorías de la conspiración. Ya sabéis que aunque me encantan estas cosas soy bastante escéptico, no obstante lo cual me hubiese gustado darme una vuelta por ahí. La cara oscura (sin doble sentido) de Obama, los planes para asesinar a Castro, fabulaciones sobre los atentados del 11-S, e incluso la duda de si Jordi Hurtado está realmente vivo son algunos de los temas a tratar. Eso sí, algunos ya han señalado que todo esto no es más que una tapadera de la CIA para tener identificados a quienes saben demasiado...

Teorías de la conspiración hay muchas y variadas. Desde las que afirman que la luna no es un satélite, sino una nave extraterrestre que nos vigila, hasta las que defienden que la Tierra está hueca, poblada en su interior por naves que entran y salen por los grandes agujeros que hay en los polos (la NASA ha censurado las imágenes de esos inmensos cráteres). Otras dicen que el hombre nunca ha llegado a pisar la luna, mientras que las hay que sostienen que la NASA lanzó varias bombas atómicas sobre su superficie para destruir restos arqueológicos de culturas extraterrestres. De manera más sutil, hay conspiranoicos que han detectado que las campañas publicitarias anti-droga tratan, realmente, de inducir a su consumo. Que las pirámides egipcias o los moais de la isla de Pascua fueron construidas por inteligencias extraterrestres es algo tan evidente que ni siquiera merece el apelativo de conspiración. Incluso un tal Mark Huber afirma que desde febrero de este año hay una especie de "espiral de energía" que emerge desde el golfo de Adén (Egipto) hasta una puerta estelar situada a miles de años luz. Con todo, de las teorías de la conspiración más recientes, la que más me gusta es la que sostiene que Michelle Obama tiene contacto directo con el diablo. ¿La prueba? En la portada de Vogue sale haciendo unos cuernos con su mano izquierda...

viernes 3 de abril de 2009

LIQUIDANDO EL EXCEDENTE (Y 2)

Ahora resulta que fueron los turcos quienes tuvieron la culpa de la errónea identificación de los cadáveres del Yak-42. Lo de siempre. Escuchando las declaraciones de los inculpados por televisión, me acuerdo de Homer Simpson. En un capítulo, Homer revela a su hijo Bart cuáles son las frases que le van a permitir vivir sin sobresaltos. La primera es "cúbreme"; la segunda, "buena idea, jefe"; y la tercera, recitada por el general Navarro como si fuese el catecismo, "estaba así cuando llegué".

***

Hay noticias un tanto contradictorias respecto a la futura Ley catalana del cine, ya que si bien en un principio se dijo que el objetivo era que en las salas se exhibiesen tantas cintas en catalán como en castellano, hace poco el conseller de Cultura y medios de comunicación ha afirmado que el doblaje es propio de modelos políticos "autoritarios" (sic) y que lo que se busca es fomentar la exhibición de películas en versión original, subtituladas tanto en catalán como en castellano.

La idea de que se pueda elegir entre una películado doblada al catalán y otra doblada al castellano me parece, en principio, lógica y beneficiosa, por eso no entiendo que determinadas personas se hayan opuesto a la misma haciendo uso de los "argumentos intercambiables" de los que escribía hace poco. No puede ser que quienes más defienden y promueven el bilingüismo en Cataluña se opongan luego a una medida como esta; ¿no habíamos quedado en que lo importante es que la persona pueda elegir? Más me cuesta entender que alguien (en concreto, para los puntillosos, mi admirado José L. Garci) diga que "le van a cambiar la voz a Robert De Niro y se la van a poner en catalán". Boquiabierto me quedo ante una declaración similar, ya que -ingenuo de mí- hasta el momento creía que De Niro hablaba en inglés...

Partiendo de esta base, la iniciativa plantea, sin embargo, algunas incógnitas. La primera es cómo se va a llevar a cabo. ¿Se va a exigir que a la misma hora haya ambas versiones, o se pueden programar en horas distintas? ¿Va a ser así en todos los cines, o sólo en grandes superficies? Si una de las versiones es claramente deficitaria, ¿el empresario va a tener la obligación de mantenerla en cartel, a costa de perder dinero? Esto último me parece especialmente importante, porque con el cine en catalán ocurre algo que no sucede con otras expresiones artísticas, y es que muchas veces los propios catalanohablantes prefieren ver la versión en castellano. Las razones son básicamente dos: una, la costumbre de haber escuchado el cine en castellano toda la vida; y dos, el hecho de que el doblaje en catalán suele preocuparse más por respetar el diccionario que por acomodarse a la vida real. Es decir, que muchos catalanohablantes no se sienten identificados con el catalán que escuchan en el cine. Incluso un amigo mío, que trabaja en el sector del doblaje cinematográfico, me ha advertido que no cometa el error de ver The shield en versión catalana, y aunque la tentación de escuchar a un pandillero chicano decir "noi, ets un gamarús" es fuerte, por ahora le he hecho caso...

Habrá que esperar algo más de tiempo para que acabe de concretarse la ley. En cualquier caso, lo que espero es que el resultado sea distinto del que viene siendo habitual, es decir, que las majors de Hollywood impongan su criterio. Aunque sólo sea por un principio democrático, sería deseable que los representantes políticos tuviesen esta vez más fuerza que las multinacionales.

***

El dicho "ser más papista que el Papa" cobra a veces tintes cómicos. Recuerdo la historia de Nicholas Wilcox, presunto escritor inglés especializado en escribir novelas históricas ambientadas en España, que realmente no era más que un pseudónimo bajo el que se escondía el escritor Juan Eslava Galán. Durante años, Eslava Galán y su editor mantuvieron el secreto; aquél aparecía como traductor de Nicholas Wilcox y solía atender en su nombre las entrevistas de los medios de comunicación españoles. La farsa llegaba hasta el punto de que la fotografía que incluían los libros de Nicholas Wilcox era, en realidad, un retrato del hermano de Eslava Galán. Pues bien, según ha contado el propio Eslava Galán después, una vez esclarecido el asunto, un lector llegó a escribirle una extensa carta en la que le reprochaba ser un traductor descuidado, señalándole varios "errores de traducción" que delataban su impericia con el inglés. Eslava contestó su carta prometiendo esforzarse más en lo sucesivo...

Hubiese pagado por ver la cara de tan estricto crítico literario al leer en el periódico la verdadera relación entre Nicholas Wilcox y Eslava Galán. Y es que esto es lo que pasa por ser más papista que el Papa. O, para qué ir con remilgos, por ser un listillo.