miércoles, 22 de agosto de 2007

CUANDO EL AMOR Y EL DERECHO VAN COGIDOS DE LA MANO

El mundo del Derecho, para qué engañarnos, tiene mala fama. Encuesta tras encuesta, el poder judicial aparece como uno de los menos valorados entre la ciudadanía, desacreditado por la politización, la lentitud, la aparente ineficacia y algunos autos surrealistas. El aborrecimiento hacia los abogados es aún mayor, y aunque tiene carácter universal, aparece recogido ya en los clásicos españoles. La persona de leyes, en fin, suele ser considerada como una mente cuadriculada, obsesionada por el texto de la ley, indiferente a aquellas razones (del corazón o no) que, según Pascal, la razón no entiende.

No seré yo quien niegue todo esto; en muchos casos sobran los motivos para pensar así. Para ser irónico, podría decir que todas ellas son de justicia. Pero a pesar de eso, hay en nuestra jurisprudencia un caso que, generación tras generación, ha ablandado el corazón del más duro leguleyo; que siempre ha sido contado con una sonrisa por el más temible catedrático de Derecho civil; que, en fin, viene a demostrar que incluso en el Tribunal Supremo hay un hueco para el sentimentalismo. Es el caso de Pacicos.

En junio de 1918, el Tribunal Supremo se vio en la obligación de decidir si lo que sigue era o no un testamento:

“Peñafiel a 24 de Octubre de 1915. Pacicos de mi vida: en esta mi primera carta de novios va mi testamento, todo para ti, todo, para que me quieras siempre y no dudes del cariño de tu Matilde”

En el Código Civil se contienen varias formas de testamento, una de las cuales es el denominado testamento ológrafo, es decir, aquél que está escrito y firmado de propia mano por el testador, sin necesidad de ningún requisito adicional. De hecho, no es necesario ni siquiera que conste en papel; en algunos casos se ha reconocido como testamento lo que estaba escrito en una pared.

Pues bien, en el caso de que se trata, el tal Pacicos se creía con derecho a la herencia de la apasionada Matilde, ya que ésta lo decía bien claro: “todo para ti, todo”. ¿Qué mejor muestra de amor que dejar nuestras pertenencias a alguien una vez ya estamos muertos?

Así lo debió de creer el Tribunal Supremo, ya que consideró que en las líneas transcritas anteriormente estaba clara la voluntad de Matilde de disponer mortis causa de sus bienes a favor de Pacicos, así que éste acabó haciéndose con la herencia y, sin quererlo, pasó a formar parte del amplio anecdotario histórico de la jurisprudencia española. Aunque, para ser sinceros y contar la historia de forma completa (cosa que no suele hacerse en las facultades de Derecho), lo cierto es que Matilde no escribió su testamento en su primera carta de amor a Pacicos, sino que años después utilizó uno de los folios de aquella carta para escribir su testamento. Pero, en definitiva, ¿qué más da? La historia sigue siendo igual de entrañable…

Así que, ya sabéis, románticos poetas que todavía escribís a mano: cuidado con las declaraciones de amor, no vaya a ser que, lo que era un ardid para llevarse a alguien al huerto, acabe convirtiéndose en un testamento ológrafo con todas las de la ley.

8 comentarios:

Luis López-Cortés Martínez dijo...

Nada de declaraciones a mano. Saludos con otro nombre.

Javier Menéndez Llamazares dijo...

Vaya... Pero ¿eso no se considerarían "licencias poéticas"?

Melpómene dijo...

Jajajaja, a mí también me encantó el "Pacicos de mi vida", pero sospecho que tras la muerte de Matilde desapareció el romanticismo y hubo tortas por sus bienes; es que las herencias sacan lo peor de cada casa...

C.C.Buxter dijo...

Es que, melpómene, las herencias las carga el diablo. Y lo mejor es cuando oyes a los típicos familiares que dicen: "no, si no es por el dinero, sino por cómo se portan"... ¡¡¡Y tanto que es por el dinero!!!

ANA DE LA ROBLA dijo...

Curioso caso... Ahora como lo que se lleva es el correo electrónico, no sé si esto está contemplado en la ley (tú dirás). Por cierto: si inauguras una sección de anécdotas judiciales, te forras. Un beso.

Juan Rodríguez Millán dijo...

Pues sí, va a ser necesario tener un cuidado con lo que se dice y escribe...

¿Declaraciones similares en un blog pueden tener el mismo efecto jurídico, je, je...?

Petrarca dijo...

Jo, pues si mis "poemas" adolescentes tienen valor jurídico debe haber varias mujeres en el mundo con derecho a asesinarme.
¡¡Les di mi vida!! T_T

C.C.Buxter dijo...

He de aclararos, Ana y Juan, que sólo valen los testamentos escritos a mano, ya que es la única forma de poder asegurar su autenticidad. De lo contrario, sospecho que yo mismo recibiría esta tarde e-mails de las Koplowitz, de Botín y del dueño de Zara haciéndome heredero de todos sus bienes...

Respecto a lo que dices, reaparecido Petrarca, creo que sí: todas esas chicas tienen derecho a matarte. No te quejes, porque ya estabas advertido; ¿o acaso no recuerdas el capítulo en el que Bart vende su alma a Milhouse?